“Bienvenido a casa primo”

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1961
Painting/"On The Other Side"/Gwynne Duncan

“Quería lo que todo inmigrante quiere: estar rodeado de todas sus tías y todos sus tíos, primos, abuelos, hermanos, padres; terminar con esas llamadas de larga distancia y poder hablar en persona; terminar con esos sentimientos de soledad, de desesperación; simplemente estar juntos en esta tierra donde la esperanza es para siempre”.

Estas son las palabras de una escritora nacida en este país de cuando conoce a un primo retenido en un centro de detención. Aunque la escritora, ahora en su segundo año en SUNY College at Old Westbury, está a salvo usando su nombre, ha decidido permanecer anónima para proteger a su familia.

“Bienvenido a casa primo”

Me estoy escondiendo en el baño, apretando mi teléfono. Estoy tratando de entender lo que la secretaria del centro de detención de inmigrantes está diciendo. Su acento sureño es demasiado grueso para mi ser neoyorquino. No estoy tratando de enfadarla con muchas preguntas, estoy tratando de pensar en las más importantes, y rápido.

—¿Qué documentos necesito llevar?— pregunto.

—Trae dos formas de identificación, nada de joyas, celulares, o dinero. Llega antes de las cinco y lo puedes ver por una hora— contestó.

Colgué. Por fin salgo del baño. Mi familia es demasiado ruidosa para estar haciendo llamadas cerca de ellos. Empiezo a pensar en la deshidratación, el hambre, el cansancio, el resentimiento que cada familiar enfrentó al cruzar el Río Grande. El resentimiento de tener que irse de su país sin culpa alguna, la decisión de dejarlo todo: sus familias y recuerdos por un país que se dice está pintado de oro. Busco a mami entre papi, hermana, su esposo y dos niños pequeños, mi tío, mi tía, y dos primitos pequeños—el típico hogar hispano donde todos viven encima de todos, invadiendo toda privacidad de manera agradable; donde los lazos de familia son inquebrantables y la risa es la música alegre que suena a la par del dolor del inmigrante.

Me acuerdo de las historias de mi mami. Una historia de cuando sus piececitos estaban cortados, escurriendo sangre por que el coyote no tenía manera de comprarle zapatos nuevos. No tuvo más opción que caminar descalza.

—Mami, podemos ver a [nombre remoto]. Tenemos que irnos ya. Está a 45 minutos y ya son las tres. Tenemos que llegar antes de las cinco— le dije emocionada.

A través de la alegría, yo podía ver su dolor. La última vez que vio a mi primo fue cuando él tenía dos años, antes de que ella se viniera a los Estados Unidos. Él ahora tiene 25 años, una esposa y niñas allá en nuestro país.

—Pues…vamos, apúrese— mi mami ordenó.

—Papi, vamos a ver a [nombre remoto] en la cárcel— dije.

—Pero, ¿por qué? ¿Quién las va a llevar? Yo no puedo manejar por que tomé. Tu tío está durmiendo porque estuvimos despiertos toda la noche. Tu hermana y su esposo no pueden pisar cerca de inmigración. Y tu mamá quien mide 4’6” no puede manejar una camioneta.

Él sabía que mami estaba escuchando así que la última parte era broma.

—¿Así que tú vas a manejar la camioneta rentada? No estás en tu estado. La gente aquí no maneja como la de Nueva York. Estamos en Tejas, m’ija. ¿Y si chocas?

Mi papá se veía preocupado.

—Sabe que yo manejo muy bien. Está exagerando— dije resistiendo.

—Simplemente ten cuidado. Tu mamá tiene TPS. Somos legales pero no permanentes. Nunca lo olvides— dijo dándose por vencido.

Todas las cabezas estaban agachadas en la sala, inclinadas hacia la única ciudadana en el cuarto, la única que podía pisar cerca de inmigración sin preocuparse de ser detenida. Qué vergüenza, pensé, sentirme marginada en esta misma sala. No poder relacionarme con las historias de cruzar la frontera, o recordar un país en el que no nací.

Corríamos con buena velocidad por la autopista.

—¿Ves todo este monte, m’ija? Se parece a cuando uno viene a los Estados Unidos. Todas estas calles solas, uno solo camina con Dios— dijo mientras miraba por la ventana.

Mi mami ya está pisando su freno invisible cuando voy por los 70…80…90 mph. Está manejando conmigo, pero apuesto que ella quisiera manejar ahora y así mantener su corazoncito intacto. En Nueva York, no hay manera de correr a 80 mph en la autopista, definitivamente no si está mi mami en el carro. Pero aquí la autopista es una tentación. Me gritaba:
—Vamos, dále gas, písa, vamos, ¡písa!

Mi piececito siguiendo las instrucciones con ganas, acelerando lentamente y parando. Estoy corriendo. Estoy corriendo a toda velocidad de mis emociones. Estoy corriendo de mi coraje de ser privilegiada por haber nacido en los Estados Unidos, por no temerle a la migra personalmente, pero temerle por el resto de mi familia. Seguía corriendo pero mis emociones alcanzaban mi velocidad. Casi me tocan, las manos de mis emociones rozando mis hombros. Están listas para atraparme, pero lucho.

Estoy manejando con Dios. “Caminando con Dios”, diría mi mami. Estoy caminando con Dios en este estado solitario y no tengo nada que decir. Piensa. Piensa en algo más que [nombre remoto]. No pienses en sus niñas que van a crecer sin papá. No pienses en su esposa quien se imaginó el resto de su vida con él. No pienses en la tía que oficialmente tiene su nido vacío porque todos sus pajaritos volaron para Estado Unidos en busca de una vida mejor. Simplemente no pienses.

Me pegan. Estoy chocando. Me alcanzaron. Estoy virando de izquierda a derecha, ansiosamente buscando una solución. Se acabó, terminó. Sientes pánico. Sientes coraje y frustración. Pero, tienes razón. Mis emociones me han chocado, sombreando todo pensamiento. El coraje hierve por dentro. Mis emociones como agua explotando sobre aceite caliente. Tu familia nunca ha estado segura aquí. Ellos son las sombras oscuras, caminando las calles de los Estados Unidos, no reconocidas por el gobierno pero culpados por todos los problemas económicos y sociales en el país.

Regreso a la realidad y faltan diez minutos para llegar al centro de detención. La calle es tan angosta que me preocupa que venga otro carro y realmente me haga chocar esta vez. Árbol tras árbol, tantos arboles. El campo, pensé. Con razón tanta gente vive en Tejas después de su largo viaje de Latinoamérica. Tal vez les recuerde a su hogar en este nuevo país.

Llegamos con Dios.

—¿Lista?— le pregunté a mi mami.

—Si, m’ija, vamos— contestó con seguridad.

Oprimo el botón en el centro de detención. Zumbido. Una reja tras otra se abre. Entramos al centro. Le damos a la secretaria nuestras licencias de conducir y le decimos al de seguridad a quién venimos a ver. Nos sentamos en un pequeño cuarto de espera, solamente nosotras, sin nadie más esperanzado de ver a un familiar o amigo. La secretaria o guardia, no sé que era, está registrando toda nuestra información. Supongo que nos estaba chequeando, quién sabe. Sorprendentemente, la señora fue muy amable. Esperaba yo a alguien anti-inmigrante, alguien que los mira mal, que se siente por encima de ellos como si ellos fuesen animales. Pero su amabilidad me tomó por sorpresa, me confundió, no sé si quería este trabajo o lo odiaba.

—¿Ves esa máquina? Ahí puedes comprar algo para que el recluso pueda comer algo mientras hablan— dijo la señora en el acento más grueso que he escuchado.

—Pobrecito, cómprale un agua, chips y dulce— exigió mi mami.

Su pobre sobrino, tal vez ya ni sabe la fecha porque ha estado encerrado muchos meses. Un hombre que nunca ha matado, nunca ha violado, nunca ha robado, encerrado por meses.

—Pueden entrar a verlo ahora. Pasen por los detectores de metal, por favor. La puerta está a su derecha— dijo el guardia de seguridad.

De un brinco nos pusimos de pie y pasamos por los detectores de metal, ansiosas por ver un primo que nunca había conocido, un sobrino a quien mi mami no ha visto desde que dio sus primeros pasos. Nos sentamos a esperarlo, se sintieron como veinte minutos pero probablemente fueron cinco. Sin reloj o teléfono, ¿cómo carambas vamos a saber la hora que es?

El hombre de la hora llegó sonriendo de oreja a oreja, como si se hubiera ganado la lotería. Agarra las botanas y aguas con una mano y con la otra el teléfono. Se nos queda viendo. Lentamente, por fin se sienta.

—Tía, si me regresan me voy feliz por tener el placer de conocerla, y a mi prima—fueron las primeras palabras en salir de su boca.

Sus ojos cafés y su ser de piel quemada estaban alegres. Sus ojos brillaban de esperanza. No se veía como me esperaba. Estaba flaco y su cabeza rapada. ¿Qué paso con el muchacho que podía comer siete comidas al día? ¿Lo estarán privando de comida? ¿Lo estarán maltratando? Claro que sí, porque ante los ojos de la ley, él es un criminal. Un criminal vestido en un traje azul marino dos tallas más grande. Un criminal que buscaba prosperidad, que perseguía un sueño. Sin embargo, el sueño americano es más que prosperidad. El corazón de este hombre deseaba la unión. Sus ansias de conocer a su tía, pero su tristeza por haber dejado a sus niñitas en casa. Quería lo que todo inmigrante quiere: estar rodeado de todas sus tías y todos sus tíos, primos, abuelos, hermanos, padres; terminar con esas llamadas de larga distancia y poder hablar en persona; terminar con esos sentimientos de soledad, de desesperación; simplemente estar juntos en esta tierra donde la esperanza es para siempre.

Los ojos de él se encontraron con los de mi mami, sosteniendo su atención. Él escucha atentamente sus consejos:

—Cuídate ahí dentro, te vamos a comprar comida pero no compartas sus cosas.
Una mano cae abruptamente sobre el vidrio de la ventanilla. Su cuerpo añora el contacto físico. Tal vez quiere un abrazo, un beso en la mejilla, o tal vez sólo una mano sobre su hombro. En vez, recibe otra mano encontrando a la suya desde el otro lado del vidrio. Es suficiente, por ahora.


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