Historia número tres: Tenía que hacerlo & Historia número cuatro: Hijo, ¿y si ya no te vuelvo a ver?

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Painting/"Taking Back Our Children"/Gwynne Duncan

Continuamos con la serie de este mes de historias escritas por jóvenes de Central Islip High School quienes cruzaron la frontera solos. Bajo la gentil dirección de la facilitadora bilíngüe de Herstory, Helen Dorado Alessi, ellos trabajaron: agregando una reflexión aquí, una escena acá, ampliando sus narrativas semana tras semana, hasta que otros no tienen otra opción más que entrar en ellas y sentir “sí, me importa”. Estas dos historias nos ayudan a entender que irse no fue decisión propia para muchos de ellos. Invitamos a lectores a dejar un comentario para ofrecer inspiración a nuestros jóvenes autores. Si desea saber más acerca de Herstory, haga clic aquí.

Historia número tres: Tenía que hacerlo

Mi niñez fue lo mejor de mi vida porque pasé momentos inolvidables con mi familia. Lo más hermoso de todo es que tengo unos abuelos maravillosos y que, aunque uno de ellos ya no está conmigo, sé que me cuida desde el cielo.

A los 15 años decidí venirme a los Estados Unidos, por los problemas que había en mi país y porque deseaba tener una vida mejor. En el camino sufrí mucho. Nunca me imaginé que iba a ser tan duro. Caminé mucho, casi no comí y aguanté mucho frío. Dormí en el monte, tomé agua de charco, la cual me daba asco, pero si quería mitigar la sed, tenía que hacerlo. Lo único que me daba fuerza era pensar que pronto estaría con mi mamá. Tenía ya 12 años de no verla y de no darle un abrazo.

Pero al cruzar tuve que entregarme a inmigración. Gracias a Dios, allí me cuidaban y me daban de comer. Después, en un albergue, hice muchos amigos. Ahí fue donde me dieron la noticia de que me enviarían a dónde estaba mi madre. Yo, muy emocionada, sólo le di gracias a Dios.

Cuando llegué aquí, me sentía sola porque mis abuelos me hacían falta y también porque no estaba acostumbrada a vivir en otro país. A veces me daba tristeza porque no me podía comunicar con otras personas. Ellas me hablaban, pero yo no les entendía.

Cuando llegue a acá, todo era tranquilo. Al mes de haber llegado, mi padrastro, el esposo de mi mamá, comenzó a portarse diferente, de una manera que no me gustaba. Cuando comencé a ir a la escuela, comenzó a decirme que los hijos de él con mi madre eran mejores porque ellos eran americanos y hablaban inglés. También le decía a mi mamá que yo no la quería, que era una hija muy mala, que me mandara para un albergue. Hubo ocasiones en que me amenazó.

A mí me daba mucha tristeza. Mis compañeros de clase me preguntaban qué me pasaba porque algunos me veían llorar y a veces no comía nada. Sentía una tristeza inmensa en mi pecho al saber que había sufrido mucho para poder estar en este país y todo sólo para aguantar los gritos e insultos de mi padrastro y las peleas con mi mamá. Aguanté todo esto con mucho dolor.

Al año, recibí la noticia más dura para mí. Mi abuelo, la persona con la que había vivido toda mi niñez, había muerto. Él para mí no había sido sólo un abuelo, para mí, él fue un padre.

Sentí que mi alma poco a poco se desvanecía.

Historia número cuatro: Hijo, ¿y si ya no te vuelvo a ver?

Aprendí que un tropezón no es una caída.
Que todo en la vida vuelve.
Que no hay mal que por bien no venga.
Que, con voluntad y esfuerzo, todo resulta más fácil.
Que lo más valioso del mundo es la familia y los amigos verdaderos.
Que no se llora a quien no te valora.
Que, por más tropezón, caída, obstáculo o barrera que se interponga en el camino, el objetivo es levantar la cabeza y seguir.
Tu mundo es tu sueño.

Adelante.

Soy [nombre remoto], un inmigrante más en esta gran nación. ¿Quiéren saber mi historia? Bien, se las voy a contar.

Mi madre estaba embarazada de mí, tenía cuatro meses de embarazo y mi hermana mayor tenía un año de edad. Mi madre se encontraba en la casa y mi padre estaba trabajando. Ese día, el patrón de mi papá le dijo:

Véte a casa con tu esposa e hija.

A lo que mi padre, feliz, contestó que sí.

En ese instante, un cargamento de café estaba por salir y mi padre decidió viajar en ese camión de regreso a casa. Cuando el camión estaba cerca del lugar donde vivía mi padre, el golpea en la puerta del camión para pedirle al chofer que parara. Mi padre cae y se golpea fuertemente la cabeza con un paredón cuando el chofer frena bruscamente, ya que éste, iba manejando a exceso de velocidad.

El chofer se bajó del camión y llamó rápidamente a una ambulancia. Mi padre estaba inconsciente. La ambulancia lo traslada de inmediato al hospital de la capital. Él no da ninguna señal de mejora. Mi padre queda en estado de coma, respirando gracias a un aparato al que lo han conectado.

Transcurre casi un mes y él sigue en coma. Era un golpe muy duro para mi madre y mi abuela, la mamá de mi papá.

Al mes del accidente, él reaccionó. Despertó de la coma, pero tristemente, su corazón no estaba funcionando bien así que tuvo que permanecer conectado a un aparato que le ayudaba a respirar.

Al principio, él no hablaba. No conocía a nadie. Había quedado como loco. Estuvo hospitalizado por tres meses para ver si mejoraba, pero no, él seguía como el día en que había despertado de la coma. Ver a mi padre así era muy duro para mi madre y mi abuela. Ellas estaban destrozadas.

Pasaron tres meses y lo dieron de alta. Mi madre decidió llevarlo a casa de mi abuela. Mi padre actuaba raro porque no conocía a nadie. Mi madre y mi abuela le mostraban fotografías para tratar de ayudarlo con su memoria y pudiera recordarlas, pero nada funcionaba. Él no quería ni estar con ellas, puesto que no las reconocía.

Entonces comenzaron a llevarlo con un psiquiatra. Lo llevaban tres veces por semana. El doctor le mostraba fotografías de mi madre y de mi hermana, al igual que hacían mi madre y mi abuela, pero él sólo se ponía a reír cuando esto sucedía. Al mes de estar yendo a las terapias, el mostró mejoría; al segundo mes, mucho más; y al cuarto mes de terapia, él estaba totalmente recuperado. Por fin podía recordar todo, gracias a Dios.

Mañana del 3 de mayo del 2000. Mi madre empieza a sentir dolores de parto. Estaba a punto de dar a luz a este chico que ahora escribe y lee esta historia. A ella la llevan rápidamente al hospital porque no aguantaba más los dolores.

A las 2:45 nace este niño. Y ahora, con la edad que tengo, me siento feliz de que haya sido mi padre quién me cargara por primera vez. A quién, si no hubiera sido por la ayuda de Dios, no hubiera conocido. Él estaba muy contento conmigo porque siempre había querido tener un hijo varón, y ahora ya lo tenía. Él quiso que me llamara como él, Julio. Yo, cada vez que él cumple años, le doy gracias a Dios por haberme permitido conocer a mi padre al cual amo con toda mi vida y al cual extraño mucho.

18 de septiembre de 2015. Fecha que nunca olvidaré. Ese día fue el más triste de mi vida ya que mi tía le había dado la noticia a mi mamá un día antes, de que mi madre y yo íbamos a viajar a los Estados Unidos. Mi sueño nunca había sido venir a Los Estados Unidos. Yo me sentía bien en mi país y no me quería alejar de mi familia.

17 de septiembre del 2015 (un día antes). Mi madre me dice:

Hijo, tu tía habló para decirme que tú y yo vamos a viajar mañana.

Yo quedé en shock. Sólo me quedé pensando en lo que pasaría. Yo no me quería ir, pero tampoco quería dejar que mi madre viajara sola. Le dije:

Está bien madre, todo sea por una mejor vida para mi padre y mis hermanas.

Yo salí y fui a ver a mi padre para decirle que me iba para los Estados Unidos. Él se puso muy triste y con lágrimas en los ojos me dijo:

Mi viejo, yo te amo y no quiero que te alejes de mi lado. Eres mi único varoncito y no quiero que te vayas.

Yo con lágrimas en mis ojos le dije:

Padre, yo te amo, pero no tengo más opción que irme con mi madre, para darles una mejor vida a ti y a mis hermanas.

Él me respondió:

Hijo, y ¿si ya no te vuelvo a ver?

Me puse a llorar y no le dije nada más, sólo me fui a casa. Me sentía muy triste con la noticia de que iba a viajar. No pude ni dormir sólo de pensar que me venía para los Estados Unidos.

A la mañana siguiente, el día 18, fui a despedirme de mi padre. Llegué a su casa y lo encontré muy triste. Con lágrimas en sus ojos, me dice apenas me ve:

Hijo, te voy a extrañar. Te llevas una parte de mí. Espero volver a verte algún día. Dios te guarde tu camino hijo. Te amo.

Yo no le pude decir nada. Sólo se me hizo un gran nudo en la garganta. Al final, sólo le dije:

Padre, te amo. Adiós.

Fue muy difícil dejar a mi padre y luego tener que despedirme de mis hermanas. Eso fue algo muy difícil, tanto para ellos como para mí.

 


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