Nuestro Hogar

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(Painting/"Nuestra Hogar"/Gwynne Duncan)

¿Qué significa hogar? ¿Qué significa seguridad? En ningún otro lado más que en esta historia escrita por una soñadora se iluminan estas preguntas en esta pieza tan conmovedora, publicada de manera anónima para proteger a la familia de la autora. En este momento en que la noción de “seguridad nacional” está siendo usada como látigo en contra de aquellos creando las raíces más esenciales que nos permite llamarnos humanos, debemos asegurar que tanto hogar como seguridad permanezcan en lo alto de nuestra lista de derechos humanos.

Nuestro Hogar

El hogar que mi madre y mi padre construyeron es hermoso. El sofá tardó tres años en acostumbrarse, pero a través de interminables maratones de películas y de domingos de The Walking Dead, lo logramos. La cocina está equipada con al menos 13 individuales, llenos de cenas en familia y deliciosas comidas caseras. El patio está lleno de flores, delicadamente cuidadas y bolas perdidas que nuestros perros estaban demasiado cansados ​​para ir a buscar.

Dudo que alguien pueda decir que nuestra casa fue construida tan diligentemente por personas que llevan sus vidas como sombras en esta tierra. Aunque nuestro hogar fue hecho con partes iguales de amor y nutrición, tiene un ambiente de temor.

Este era el ambiente en el que me encontraba cuando llegué a casa del trabajo una tarde. Encontré a mis padres, mi hermana y su esposo sentados en la sala de estar. Había papeles esparcidos por todo el piso, el amarillo del papel adhesivo sobresaliendo sobre el blanco de la alfombra. Las pantallas de las computadoras portátiles iluminaban la habitación. Mi hermana estaba sentada en el suelo, con un bolígrafo entre los dedos mientras que jugueteaba distraídamente con la tapa del lápiz. Ella leía un trozo de papel, con la concentración grabada en su frente.

La tensión era tan espesa que podías cortarla con un cuchillo. Sabía, antes de siquiera echar un vistazo a los pasaportes y giros postales, que estaban en el medio de llenar sus papeles para solicitar la residencia. “Hola,” dije en voz baja. La única respuesta que obtuve fue una mirada de mi madre.

Caminé alrededor de ellos, con cuidado de no pisar ninguno de sus papeles. Los ojos de mi madre siguieron mi movimiento desde arriba de sus lentes de leer.

“Hemos estado trabajando en esto todo el día, desde las ocho de la mañana.” Me quede callada, sabiendo que nada de lo que podría decir podría ayudar con esta situación.

Su agotamiento y el estrés eran evidentes en la forma en que mi padre miró su solicitud. Pasarían unos días más completando papeleo interminable, antes de finalmente ir a un abogado con todas las preguntas que tenían.

“¿Qué dijo el abogado?” Les pregunté a mis padres cuando llegaron a casa.

“Nada importante.” Mi padre respondió. Detrás de él, mi madre me dio una mirada que las madres dan. Mi papa paso por al lado mío y entró a su habitación, cerrando la puerta detrás del.

“No nos fue bien,” informó mi madre. “El abogado dijo que tu padre no debería solicitar la residencia. Dijo que su registro no era bueno para la solicitud y que, si aplica, lo más probable es que lo deporten.”

Cuando yo era pequeña, mi padre se había ido a Carolina del Norte, un estado en el que todavía daban licencias de conducir a inmigrantes indocumentados. Sin embargo, para obtener esa licencia, tuvo que mentir y decir que vivía allí. Lo atraparon y lo acusaron de fraude. Tuvimos suerte que no lo deportaron. Él solo había querido encontrar una manera de estar seguro, y ahora estaba enfrentando las consecuencias.

No podía decirle nada a mi padre para que se sintiera mejor. Mi papá, como muchos otros inmigrantes valientes, merecía ser un ciudadano. No parecía justo, que después de 17 años de trabajo duro, mi padre podría ser deportado solo por solicitar la residencia.

Unas semanas más tarde, mi padre me entregó un sobre grueso. “Marcela, deja esto en el correo mañana. Asegúrate de que rastreen el paquete.”

En leer la dirección, yo supe que estaba adentro del paquete.

“¿Qué pasa si …” ¿Qué pasa si no le iba bien? ¿Qué pasa si deciden que mi padre ya no tiene un lugar en este país? ¿Un lugar en nuestras vidas?

“Es un riesgo que tendremos que tomar.” Me respondió. Los riesgos no eran nuevos para nosotros. Todo lo que él hacía cada día era un riesgo. Trabajar era un riesgo. Existir en este país como inmigrantes indocumentados era un riesgo.

Mi casa ya no se sentía tan acogedora después de eso. Todos pasamos nuestros días como zombis pintados con estrés y agotamiento. Esperando el correo y los correos electrónicos de mis padres para ver si tal vez tendrán noticias pronto. ¿Aprobarían a mi mama? ¿Deportaran mi papa?

“Pepe,” suplicaba mi madre, “tienes que ir al médico.” El dolor en sus rodillas, caderas y pecho había empeorado mucho últimamente. Probablemente debido a lo duro que estaba trabajando.

“Cuando sea residente con seguro de salud iré.” Él contestaría. Mi padre siempre decía que sería aceptado, aunque todos sabíamos que él también tenía miedo.

Veíamos al presidente electo de esta nación en televisión con los corazones apretados, llorando sobre el daño que ya había hecho mientras temíamos el daño que estaba por venir. Elegido por personas que vivían sus vidas sin ver sus sombras. Sin conocer nuestras historias.

Casi un año después, obtuvimos nuestra respuesta.

“¡No lo puedo creer!” Él decía. La sonrisa en su rostro era contagiosa. Se veía la tensión dejar sus hombros.

Él había sido aceptado.

Esa noche brindamos por su seguridad, y por la idea que finalmente podría peticionar para mi también. Brindamos por nuestra propia familia, que todavía esperan una respuesta. También rogamos por aquellos que no tuvieron tanta suerte como mi padre. Para los aproximadamente 12 millones de personas indocumentadas que aún esperan. Esperan ser escuchados, esperan una respuesta. Rezando con fe y esperanza.


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