“Montreal”

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Photo courtesy/Paula Chirinos

¿Qué les sucede a los jóvenes cuyos padres soñaron mejores futuros para sus hijos, que emprendieron el peligroso viaje a este país, cuando sus propios sueños empiezan a ser realizados de manera que dejan a sus padres atrás? Con el trasfondo de música, su pasión, la violinista de concierto y estudiante de Hofstra University, Paula Chirinos, nos conduce por varios movimientos en los que sus miedos, recuerdos y sueños surgen como un llamado para la inclusión y justicia para todas las familias inmigrantes. Paula—la primera en esta serie capaz de reclamar su propia historia—es estudiante del Center for Civic Engagement (Centro por el compromiso cívico) y en esa capacidad centra su trabajo y aspiraciones de justicia como escritora floreciente en el proyecto de Herstory.

Montreal
Por Paula Chirinos

El concertino subió y afinó a su orquesta. La acústica del auditorio era tan fuerte que las vibraciones de su instrumento hicieron mi cuerpo estremecer con emoción. En cuanto salió el director de orquesta, instó al grupo a tocar una sinfonía de Shostakovich casi de inmediato. La sección de violines pasaba por el melisma del primer movimiento sin vacilar. Su sincronización perfecta me hizo pensar que no había absolutamente nada en sus mentes más que dar una potente actuación. En cuanto entraron los poderosos instrumentos de la sección de metales, el tono de la pieza cambió: su sonido malévolo contrastado con la ligereza de la sección de cuerdas. Esto resonó con los sentimientos que tenía en ese momento. Esta fue la primera vez que sentí como si mente me impedía disfrutar la música.

Mi amiga que estaba sentada a mi lado me notó preocupada y puso su mano sobre mi hombro.

—Paula, ya no hay nada de qué preocuparse. Llegamos a salvo— me dijo.

Respiré hondamente y comencé a escuchar la pieza atentamente. Mi cuerpo estaba quieto y me puso en trance mientras empecé a recordar lo que había sucedido horas antes.

El autobús ya había hecho una parada cuando llegó mi grupo al parque. Habíamos cruzado la frontera canadiense una hora antes y todos necesitaban estirar los pies. Esta era una experiencia nueva para mí: salir de los Estados Unidos por primera vez en quince años. Gente como yo no tiene oportunidades como ésta.

Todos salimos del autobús y miramos con asombro la bella puesta de sol besando la línea del horizonte de Montreal y al río San Lorenzo bajo ella. Permanecí viendo el panorama un tiempo mientras mis compañeros tomaban fotos a mi alrededor y caminaban por el parque. De repente, sentí la mano de mi amiga caer sobre mi hombro y la oí decir:

—Se siente bien estar finalmente aquí, ¿verdad?

Sus palabras me dieron alivio, mientras mi corazón crecía ansioso al recordar lo que había sucedido una hora antes. Ella entendió lo preocupada que estaba cuando la seguridad fronteriza llamó mi nombre en voz alta mientras nuestra clase esperaba en el autobús.

—¿Me pueden traer a la Srta. Chirinos?— gritó desde fuera del autobús.

Intercambié miradas con mi maestra. Nos habíamos preparado para este momento desde hace meses. Desmonté el autobús con ella y nos dirigimos hacia un edificio grande y blanco. Estaba casi vacío por dentro.
—¿Puedo ver tu pasaporte? — me preguntó desde atrás de un mostrador.

Con vacilación le entregué mi pasaporte peruano. Lo inspeccionó cuidadosamente y prosiguió con preguntar si había yo una vez cometido alguna ofensa criminal.

—No, señor— le contesté.

Sonrió y comentó,

—Hmm, no sé acerca de eso. Tú te ves un poco sospechosa para mí.

Mi corazón se hundió y no tuve respuesta para él. Mi maestra rompió el ardor del momento cuando comenzó a reír y a conversar con el oficial. Yo suspiré de alivio y mi corazón empezó a desacelerar. Permanecí callada camino al autobús. La orquesta necesita que tengas tu mente clara para que la puedas liderar apropiadamente mañana, no hay por qué preocuparte más, me dije a mí misma mientras regresaba a mi asiento. Necesitaba disfrutar de este viaje, no sólo por mí pero por mis papás quienes pasaron por mucho trabajo para yo llegar aquí.

La puesta del sol se hundía en el agua mientras mis compañeros y yo subíamos de regreso al autobús. En cuanto llegamos a la ciudad, vi todos los edificios altos que componían el corazón de Montreal. Empecé a sentir un gran sentido de culpa, deseando tener a mis padres y hermano aquí conmigo. Se me hacía tan injusto que yo iba a estar divirtiéndome en Canadá mientras ellos estaban atorados en casa. Simplemente no es justo que tenemos que vivir con el miedo de no poder regresar al país si salimos de los Estados Unidos. Simplemente no es justo.

Segundo movimiento: Andante (un tempo moderadamente lento)

El pianista sentado en el centro del escenario empequeñeció el resto de la orquesta. La tonada sombría me caló el corazón forzando lágrimas de mis ojos. Me sentía frágil como una niña.

—Mamá, ¿cuándo vamos a regresar a Perú?

Obtenía la misma respuesta cada vez que le hacía esta pregunta:

—Vamos a estar aquí un tiempo, Paulita.

No soportaba pensar en todo el dolor que ella escondía por mi bien. Ella estaba separada de sus padres, hermanas, sobrinas y sobrinos. Era el mismo caso para el resto de nosotros—mi papá, hermano y yo. Aún pensáramos en regresar a Perú, estaba el miedo de no poder regresar a nuestro hogar en América.
Tercer movimiento: Allegro

El pianista inició el movimiento con un tono burlón. El resto de la orquesta imitó su melodía y la pieza entera consistía de variaciones de este tema. Esta cuestión repetitiva me puso nerviosa. “Los inmigrantes son peligrosos… Los inmigrantes son una amenaza a nuestra seguridad nacional… Ellos sólo quieren llevarse nuestros trabajos…” eran cosas que mi familia escuchaba una y otra vez en las noticias y de miembros de nuestra comunidad. Nunca nos atrevimos a desafiar sus declaraciones. Inclusive, me enseñaron a nunca hablar del estado migratorio de mi familia.

—Sólo trata de actuar como tus compañeros, Paulita, así como tu hermano.

Este fue el lema que seguimos por años esperanzados que algún día tendríamos la oportunidad de disfrutar de todas las oportunidades como cualquier ciudadano común de este país, pero, en fin, este sueño no se ha realizado. Esta es nuestra realidad. Hemos vivido en este país por más de 15 años. Somos una típica familia hispana americanizada pero al mismo tiempo somos tratados como extranjeros y criminales atrapados en un país que está en conflicto por aceptarnos. Y ahora, aquí estoy, sentada en un lujoso salón de concierto en Montreal viendo una orquesta de renombre mundial.

Había concluido la primera pieza. Mi corazón aún corría y comenzó a seguir los ritmos ominosos de los timbales gigantes sobre el escenario. Mis ojos pasaron por mis compañeros, quienes no parecían tener preocupación alguna en el mundo. Deseaba sentirme igual. Ya no quería estar más aquí.

—Traducido del original en inglés por Silvia Heredia


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