Historia Número Dos: Hija, ¿aún te quieres ir?

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(Painting/Gwynne Duncan)

Cuando hay quién escuche nuestras historias, encontramos palabras que nunca pensábamos tener. Esto fue lo que sucedió con un grupo de jóvenes en Central Islip High School quienes cruzaron la frontera solos, conforme ellos salieron de su silencio y le dieron forma a sus historias para ayudar a otras personas a caminar en sus zapatos. Después de diez semanas de escritura, con la guía gentil de nuestras facilitadoras de Herstory, encontraron la tremenda valentía necesaria para leer sus historias en voz alta. Invitamos a lectores a dejar un comentario para ofrecer inspiración para nuestros jóvenes autores.

Historia Número Dos: Hija, ¿aún te quieres ir?

Cada mañana abría mis ojos y veía el resplandor del sol, escuchaba un “buenos días” de mi madre… se sentía tan hermoso convivir en familia.

Los consejos y todo el amor que mi madre tenía con sus hijos eran únicos. Recuerdo muy bien cuando ella me llamaba de cariño “mi niña, la niña de mis ojos”. Cómo la recuerdo a ella y a todo el amor que me ha brindado. ¡Yo amo a mi madre!

Mi infancia fue triste, pero a la vez muy bonita. Aunque crecí sin el amor de un padre, mi madre tuvo el coraje y el valor para hacer el papel de padre y madre a la vez. Para mí, mi mamá es una guerrera y una luchadora. Ella daría su vida por la de sus hijos.

Desde que tengo siete años, siempre he tenido el deseo de ser doctora y sé que lograré ese sueño porque tengo a mi madre como mi inspiración.

Un día, ocurrió algo muy triste. Mi tía, la hermana de mi madre, y su esposo, fueron asesinados. Eso fue muy, muy duro. Fue como sentir que mi corazón se había parado. Eso fue muy duro y triste para mi madre. Cayó en depresión, no quería hablar con nadie. Yo me sentí muy triste porque, a partir de entonces, en mi casa sólo había tristeza y desolación. Ya no había más abrazos ni “buenos días” de mi madre.

Pasaban los días, el tiempo, y mi madre seguía sumida en la depresión.

Una noche, unos sujetos desconocidos llegaron a nuestra casa y tocaron fuertemente a la puerta. Esto nos despertó. Mi madre estaba muy nerviosa, pero pudimos mantenernos en silencio. La noche se sintió muy larga, pero gracias a Dios no nos pasó nada, aunque a la mañana siguiente estábamos muy desveladas ya que el miedo no nos había permitido dormir nada. Entonces le dije a mi madre que yo ya no quería estar ahí porque tenía mucho temor.

Ella me dijo,

—Ay, hija, ¿y qué harás al respecto? Habla con tu padre a ver que te dice él.

Hablé con mi padre y le expliqué los motivos por los cuales yo ya no quería estar más en mi país. Pero había un motivo del que no le hablé. Yo quería venir a Estado Unidos porque quería conocer a mi padre, ya que yo estaba muy pequeña cuando él se vino a este país. Él me dijo que iba a ver qué podía hacer para poderme traer con él.

Pasaban los días y yo no recibía respuesta alguna de si me iba o no, pero yo seguía insistiendo.

Hasta el día de hoy, tengo bien presente los momentos que pasaba con mi madre. Recuerdo aún esa tarde de un 23 de abril, cuando estábamos mi madre y yo solas. Yo, le hacía diferentes peinados mientras le contaba chistes de “El Chavo del Ocho”. Ella sólo reía mucho. Me encantaba pasar tiempo así con mi madre.

De repente, sonó el teléfono. Yo muy ansiosa corrí a contestar. Era mi padre. Me preguntó si yo aún quería hacer el viaje a lo cual yo respondí que sí.

—Okey, hija —me dijo— tu viaje será mañana.

Eso yo no lo esperaba, ya que ese día yo estaría cumpliendo mis 15 años. Era tan triste pensar que no pasaría ese día con mi familia. Esa no fue una buena noticia para mi madre. Ella se veía enojada y triste.

Pasó la tarde, llegó la noche y mi madre no me hablaba. Ella seguía triste, angustiada. Esa noche no dormí de la emoción. En ese momento no sabía lo duro que sería la despedida, mucho menos me podía imaginar lo duro que sería el viaje.

Llegó el día del viaje. Me levanté muy temprano y de inmediato me acerqué a mi madre y le dije,

—Mami, tú sabes que te amo.

Ella con una leve tristeza me dijo,

—Hija, ¿estás segura que te irás?

—Sí, madre —le dije— ¿y sabes algo? Tú serás ese motivo por el cual yo voy a luchar, a triunfar, a soportar todo.

Comencé a prepararme para cuando vinieran a recogerme. Mientras lo hacía, observaba a mi madre, triste, angustiada. Llegó el momento de decir adiós, así que salí de la casa. Mi madre con tristeza me preguntó,

—Hija, ¿aún te quieres ir?

Yo asentí mientras le decía,

—Es hora de irme.

Ella no quiso abrazarme. No podía contener sus lágrimas y en ese momento me dijo unas palabras que aún resuenan en mis oídos y que llevo grabadas muy dentro de mi corazón,

—Hija, que te vaya bien. Perdóname por no haberte celebrado tu fiesta de quince años como tú siempre lo soñaste. Sólo te pido que nunca te olvides que aquí dejas a tu madre, la mujer que te vio nacer, que, aunque estés lejos, siempre vas a ser “mi niña pequeña”. Llévate contigo los recuerdos. Siempre lucha, nunca te des por vencida. Yo confió en ti.

Yo no tuve palabras. Sólo pude decir:

—Adiós, mami, te llevo dentro de mí.

Y me fui. Ella no dejó de mirarme con ese rostro triste.

Fui a la casa de mis abuelos y ahí estaban también mis tías junto con mis abuelitos queridos. Todos me miraban como diciendo ¿lo logrará?

—Hija —me dijo mi abuela— nunca mires hacia atrás, tú eres fuerte, sigue adelante. Yo te admiro mucho. ¡Nunca mires atrás! ¡Suerte!

No sé qué me pasó que no podía decir palabra alguna, sólo abracé a mi sobrino.

Llegaron a recogerme y de repente vi a mi madre, sosteniéndose en el portón. La miré con ojos de amor, como siempre la miraba y ella sólo me dijo:

—¿Aún te quieres ir?”

– Traducción por Silvia Heredia


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