Palabras

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Marian Conway

“Él no sabe, yo soy un hombre.” En un pequeño círculo de escritura en la Universidad de Hofstra en el que jóvenes Soñadores, mayores de la comunidad, líderes organizadores y activistas escriben hombro a hombro, las palabras de un trabajador temporal que revive Marian Conway de desde hace dos docenas de años, cuando era joven y apenas comenzaba en el mundo laboral, se convierten en un faro para que todos nosotros nos aferremos a esos momentos en que la conciencia de nuestra humanidad compartida se forjó.

“Palabras” por Marian Conway

Estaba acostumbrada al jefe gritando, agarrándola con a una persona o abiertamente denigrando a alguien para que se escuchara, así que cuando entró gritando al edificio ese día no estaba preocupada, solo curiosa. Me dirigí hacia el mostrador de ventas donde estaba apoyándose el mecánico de flota con un manojo de papeles. Cuando le pregunté qué había pasado, me dijo que el jefe le aventó una taza de café a Julio en el taller.

–¿Por que? –pregunté, sabiendo que podría no haber una razón.

Moviendo su cabeza dijo:

–Porque Julio abrió una de las cajas y arregló todo un muestrario. El jefe dijo que no ha había decidido quedarse con el envío.

–Así que le aventó el café a Julio porque tomó iniciativa –suspiré. –¿Está en el patio?

–No. Salió corriendo del patio y cruzó la carretera. Puede estar caminando a casa.

Regresé a mi escritorio, agarré mi bolsa y salí del edificio sin decir una palabra. Julio, uno de los trabajadores temporales de Puerto Rico, no tenía carro y usualmente conseguía un aventón a la casa que compartía con otros hombres. No estaba segura de qué iba a hacer, pero algo hizo que lo siguiera.

Lo vi caminando sobre Straight Path, una media milla de la oficina. Estaba del otro lado de la carretera así que hice una vuelta en u y paré a su lado. Le abrí la puerta del pasajero:

–Súbete al carro, Julio.

Dijo no con la cabeza y siguió caminando. Rodé el carro en reversa sobre el borde de carretera.

–Por favor, súbete a mi carro.

Se detuvo, me miró y se subió al carro. Hice otra vuelta en u y simplemente manejé. Seguimos sin una palabra por un minuto o dos. Me miró abruptamente y me dijo en su grueso acento,

–Él no sabe, yo soy un hombre.

Sus ojos se fijaron en los míos, contenían una gran tristeza.

–Soy un hombre.

–Lo siento, Julio.

Al pedirle disculpas por el jefe, la situación, su vida dividida entre dos islas y sin familia, no sabía que más decirle. Al final, le sugerí que regresara al trabajo, que no lo haría verse débil sino fuerte—en la cara del maltrato—y él acordó. Necesitaba cobrar un cheque.

Hoy, dos docenas de años después, con frecuencia oigo la voz de Julio en mi cabeza. No sé si es porque, cuando el joven con parálisis cerebral, Freddy, se estira desde su silla de ruedas para saludarme, lo miro a los ojos y tomo su mano. Puede ser esa única instancia de humanidad o puede ser las experiencias acumuladas, pero cuando su cuidador tiene que traducir su habla difícil, yo aún miro a Freddy a los ojos, y no al cuidador.

-Traducción de Silvia Heredia


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