Ruido Blanco por Daneris Ortega

¿Hasta cuándo dura la esperanza? ¿En qué pueden creer los Soñadores de nuestros tiempos cuando las leyes cambian a cada instante? ¿Pueden seguir soñando?; Nuestra escritora, a pesar de todo, sigue luchando por una vida digna en el país que la vio crecer pero que la trata con indiferencia. Incertidumbre, frustración, tristeza, todos estos sentimientos se hayan reflejados en está conmovedora, pero definitivamente necesaria historia que viven a diario nuestros soñadores en todas partes de la nación que los ahoga en ruido blanco. 

La televisión dentro del aparador. Un color caoba que la rodea en su hueco. Sus abultadas curvas en forma de barriga llegan más allá del espacio en el que la pantalla muestra imágenes luminosas. Son imágenes que resplandecen por las mentes que esperan el próximo conjunto de imágenes que contarán otra historia. El ciclo de noticias es una rutina, pero hoy estoy frente a él, esperando escuchar el resto de las palabras que se anunciaron antes del corte comercial.

La reportera de noticias comienza a hablar sobre la orden ejecutiva para terminar DACA, confirmando lo peor. Sus palabras me jalan el estómago, creando una tristeza tan profunda que me paraliza, me ahoga y su puño me aprieta la garganta. Mi pena me arrastra lejos de la tele, y siento que hay una cantidad inmensurable de distancia entre mi cuerpo, la televisión y el resto de la habitación.

Lo estoy viendo sentado en su escritorio. Su habitual rostro gruñón se convierte en una sonrisa violenta mientras levanta el papel que promete destruir mi vida.

Una vez más me recuerdan quién soy y quién no puedo ser. Ya he sentido esto antes. Lo sentí sentada en la alfombra de lectura de cuarto grado al lado de mi amiga blanca. Recuerdo que fue la primera vez que lo noté, la primera vez que reconocí el privilegio de los blancos estadounidenses en otra persona. Miré mis rodillas, luego las de ella. Pensé que la piel blanca no tenía los problemas que cargaba mi piel castaña. Mirando hacia atrás, lamento haberlo pensado, pero no puedo negar que tener una piel más oscura se sentía diferente, o que no significaba algo diferente. Yo la miraba y sabía que ella tenía “papeles”. Mi mamá siempre hablaba de estos “papeles”, es decir, documentos legales de inmigración. Había quienes los tenían y quienes no. En la escuela, sentía que todos los tenían, pero en casa todos los que yo conocía, los querían.

A una tierna edad aprendí sobre el poder de las palabras en una hoja de papel, el efecto que cambia la vida en el trazo de un bolígrafo.

A pesar de nuestra realidad política, mi madre me enseñó a tener esperanza. Ella creía que algún día se nos otorgaría la ciudadanía, y todavía lo cree. Incluso después de años de ver a miembros de la familia entrar y pasar por el proceso de detención y deportación. Ella me decía que aún yo podía hacer algo, que aún podía soñar con mi futuro y trabajar por una vida mejor. En el 2012, celebramos

el fruto de nuestra esperanza cultivada cuando Barack Obama firmó el Dream Act. Recuerdo la primera vez que me reuní con un abogado en CARECEN, una organización sin fines de lucro que organiza eventos y conecta a inmigrantes con abogados para ayudarlos con sus documentos de inmigración. Tenía 15 años, la edad mínima para presentar la solicitud. La oficina parecía desgastada. Las esquinas de la alfombra se estaban levantando, las escaleras eran de un color amarillo envejecido en lugar de un blanco elegante, y la oficina de mi abogado era tan pequeña que me preguntaba cómo cabía dentro de ella su escritorio.

Mientras me sentaba en la pequeña sala de espera, desprendiendo las piernas de la silla pegajosa de plástico azul, recordaba lo que yo era, lo que me habían etiquetado y lo que mi madre y yo estábamos esperando para cambiar. Recuerdo haber pensado que sería fácil. Pensaba que entraría, firmaría mi nombre, entregaría cualquier documentación requerida y luego intercambiaríamos despedidas. En realidad, estuvimos allí durante un par de horas, revisando paquetes de información y preguntas.

Me preguntaron si era una delincuente convicta, si alguna vez había fabricado armas químicas o si estaba conspirando con terroristas. Me hicieron saber que beber siendo menor de edad podría poner en peligro cualquier protección de inmigración otorgada y autorización de empleo. Y recuerdo mi sorpresa. Recuerdo reírme. Recuerdo que lo descarté todo, pensando que nunca tendría que preocuparme por nada de eso.

Había subestimado por completo la cantidad de ansiedad que me causaría en el futuro. El remolino de miedo, la preocupación y la turbulencia de todo; lo que me rodea como música de fondo. La ira en mi corazón, la frustración, y el único alivio para esto es esa tarjeta roja que llevó en mi bolso. La que me permitió tener esperanza. La que expira cada 2 años. La que tarda meses y cientos de dólares en renovarse.

A pesar de todo, seguí estudiando, seguí trabajando y seguí construyendo el futuro que quería, el que mis padres sacrificaron tanto por mí. Aprendí a tener esperanza, solo para que fuera aplastada años después, encontrándome de pie, en mi propia sala.


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