¿Cuándo caminaremos juntos de nuevo? Por John Dios

En una reluciente mañana de primavera, Ambrosio se encuentra a cierta distancia del otro lado de un tramo de grava blanca que refleja la luz del sol. Contra el balanceo ventoso de arbustos y árboles, su postura rígida parece tensa y antinatural, como si hubiera sido detenido y le dijeran que se quedara allí solo y no se moviera.

Se ha abrochado la chaqueta oscura hasta la barbilla y parece una figura de palo apoyada en el brillo del día. Estamos hablando. Mientras lo hacemos, reflexivamente comienza a acercarse a mí, como lo harían dos personas en una conversación. Pero levanto la mano, con la palma hacia él, pidiéndole sin palabras que retroceda.

Es desconcertante y extraño para los dos, como si pensáramos que estamos siendo observados por algo remoto y grande que no queremos provocar, algo que no queremos que se nos presente. Y estoy confundido por algo más. Estoy acostumbrado a pensar en él, a sus 60 años, como alguien tan tranquilo, fuerte y confiable. Pero cuando hoy nos miramos directamente el uno al otro, por las pocas cosas que tenemos que decirnos, veo que sus ojos están rojos y llorosos y me pregunto ¿qué es lo qué estoy viendo en ellos? ¿Es una emoción ó es una pregunta? ¿O tal vez una disculpa o miedo?

No puedo entender lo que estoy viendo. No estoy seguro de lo que le está pasando.

A lo largo de los años –creo que 17 de ellos– él y yo hemos caminado juntos a menudo, una o dos veces por semana, a veces discutiendo qué trabajo era necesario, qué proyectos avanzar y cuándo. Ahora, casi un mes después de la primavera, extrañamente no lo había visto ni había tenido noticias suyas. Entonces, hace dos días llamó. Sí, había estado enfermo, durante dos o tres semanas. ¿Si conozco a un médico que lo pudiera ver? Había estado en la Cruz Roja y había sido examinado. No, no había obtenido los resultados.

En estas dos o tres semanas que Ambrosio ha estado enfermo mientras yo he estado sano y salvo en casa, dejé de llevar la cuenta del tiempo y dejé de escuchar obsesivamente durante todo el día las discusiones sobre qué tan grande, cuántos, de quién fue la culpa y cuánto tiempo.

Porque eso también significaba mirar a los ojos del mundo y ver allí todos los días la mezcla de emociones, preguntas, disculpas y miedo y no estar seguro de cómo entenderlos. Mirarlos directamente no me ha dado respuestas.

Cuando hablamos por teléfono, Ambrosio y yo hablamos en español, como de costumbre.

Al escucharlo me esfuerzo por asegurarme que le entiendo bien. La única palabra de la que estaba seguro porque lo dijo varias veces fue “calentura”.

–Tengo calentura todas las noches. En tres semanas, no ha pasado.

Lleva tres semanas con fiebre que no ha desaparecido. En la casa donde vive con otros tres hombres, dice que todos los demás están bien. No tengo idea de cuándo caminaremos y hablaremos de nuevo como lo hemos hecho durante años. Incluso antes del brote, después de la temporada normal, se le ocurrió un proyecto que podría hacer porque necesitaba más dinero.

La razón por la que había llamado dijo, era para preguntar por un médico. Le dije que averiguaría acerca de la clínica a la que asiste mi nuera. Pero de lo que quería asegurarme de decirle en esta llamada es que todavía debería venir todas las semanas.

“Ambrosio. Voy a pagarle cada semana como si estuviéramos trabajando todavía. Dejaré el dinero en el asiento trasero del carro blanco”.

Y esta fue la primera semana de quién sabe cuántas en que tendremos que mantener nuestra distancia.

Traducción del autor.


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1 Comentario

  1. This story is beautiful for so many reasons but it shows the heart wrenching realities of what covid-19 is doing to our lives and the lives of our friends. Perhaps we do not take our friendships for granted but we will never see friendships quite the same way. John has done a marvelous job to help us stand beside he and Ambrosio as they feel their way to a new dynamic of deeply caring friendship. Thanks John!

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