“¿Qué pasa con la humanidad?” por Heydi Portillo

Con todo lo que ocurre en el mundo, debemos de sintonizar nuestros corazones a la lucha de los detenidos, desprotegidos de la enfermedad y del peligro. Esta historia, de una estudiante de Patchogue/Medford High School que se ha unido a Herstory en su taller virtual de verano, lo dice todo. Para saber cómo unirse al programa haga clic aquí.

Me desperté al escucharla hablando. El reloj marcaba la 1:11 p.m. Comencé a caminar silenciosamente y me quedé unos 15 segundos reflexionando si debería escuchar. Puse mi cabeza sobre la puerta. Escuché:

¡Tranquila! Ahorita lo que necesitas es calmarte. Vamos a orar y ya verás que todo estára bien. 

De repente la voz se congeló. Mi mamá abrió la puerta y me sorprendió. Pensé que me iba a regañar, pero ella se limitó a decir ni una palabra y solo pude observar su rostro de preocupación.

¿Qué pasa? dije.

Tu tía está mal, está sola en El Salvador y alguien está por su puerta, se escucha como si la están torturando.

Mi mente no pensó en lo que estaba pasando en ese momento. Solo pensé en las veces en las que iba a dormir a la casa de mi tía para que no se sintiera sola. A veces ella llegaba a mi casa y le decía a mi mama, “Nena, ¿me prestas a la Ale para que vaya a dormir conmigo?” Y yo encantada al escucharla pronunciar esas palabras. Toda su vida es realmente un drama que si te cuentan la historia completa terminas llorando. No he conocido una persona a la que le pasen tantas desgracias, y eso que yo la adoro. Seis meses después, ella emigró a los Estados Unidos, con una mochila llena de esperanzas y sueños, tras la decepción de haber sido negada la visa dos veces. 

Septiembre del 2019, la alarma me ha despertado. Ahora es el día en el que mi tía comienza ese detestable camino hacia aquí. Lo sé por experiencia. Por una parte me siento alegre porque me imagino todo lo que haremos juntas: salir a comprar, ir a pasear y contarle mis cosas. Pero por el otro lado, y ¿si no pasa? Y ¿si le pasa algo? 

Pues bien así fue, no tenía ni siquiera un mes cuando el coyote los dejó en el Río Bravo. No sé ni cómo, y no me han dicho aún, pero tuvieron que cruzar nadando. Y es que pienso que sus ganas de llegar a este país son realmente grande porque ella no sabía nadar y además es muy nerviosa. Cuando cruzaron el río la migra ya los estaba esperando y por más que corrieron y corrieron siempre llega el punto en el que las piernas te traicionan y el aliento se va. Pero lo que más duele es perder el rumbo, la esperanza, los sueños y la oportunidad de ver a sus hijos. Ella me dijo que cuando corría, en lo único que podía pensar era que iba estar con sus hijos que su ex pareja se los había quitado. 

Octubre del 2019, mi tía está en un albergue de México. Las desgracias están comenzando a aparecer una por una, pero éstas no llevan prisa. El oficial de migración dijo que si en realidad querría cruzar, tenía que pelear su caso de asilo desde México. En enero 23 del 2020 iba a tener su primera cita con la corte, que por cierto era exactamente la fecha de mi cumpleaños. Creo que si de verdad existieran los deseos de cumpleaños habría pedido que mi tía pudiera pasar, porque cada vez que hablaba con ella no podía evitar sentir pena cuando comía o me acostaba en mi cama. 

Esos albergues son un infierno en la tierra. Te levantan a las 5:00 a.m. para trabajar y limpiar. En las camas se duerme como salchichas pegadas, unos encima de otro y dando vueltas. Para mantenerse vivos les dan sardinas para comer solo dos veces al día y una lata tiene que alcanzar para dos personas. Si es que tienes celular solo puedes usarlo un par de horas y luego debes entregarlo a los guardias. Si de verdad necesitas bañarte tienes que levantarte por la madrugada porque hay tantas personas, no hay agua para todas y el agua congela hasta las pupilas. 

Mi mamá le ayuda cuando puede con un poco de dinero. Además, con la llegada del coronavirus mi mama perdió su empleo y tampoco podemos ayudarle. Ayer fuimos a comprar unas cobijas y unos abrigos para ella porque el invierno ya se asoma. Yo escogí unos gorros y guantes porque ella y yo tenemos los mismos gustos y sé que le van a gustar. 

Hace años que no nevaba en México pero ya les dije que cuando las desgracias vienen, vienen como tormenta desenfrenada. Todas las personas del albergue no están acostumbradas al frío. Nuestros países son cálidos. Me da ternura la inocencia de los niños. Hace unos días hablé con mi tía por teléfono y me dijo: “Ale, fíjate que está nevando. Yo siempre quise conocer la nieve, pero no de esta manera. Hace mucho frío. Los niños estaban emocionados jugando con la nieve. No lo podían creer, pero ahora ya están aburridos. El frío los tiene bien quietos. Algunos de estos niños eran bien gorditos cuando los conocí y ahora hasta las costillitas se les marcan. Estos niños ya están bien desnutridos”. Y yo pensé, y ¿cómo no van a estar así? Si solo a sardina.

Mi corazón se encoge y entre suspiros escucho a mi tía decir:

¿Sabes qué es lo que más me duele, Ale? mi voz permanece muda. Me duele ver que mis hijos han cambiado. Ahora la niña ya no luce como niña, ahora es una muchacha. Y a mi hijo hasta la voz le cambió. Mañana son los 15 años de mi niña y no podré estar ahí para acompañarla o darle un abrazo. Pero lo que me duele es ver que no tendrá ni fiesta ni amigos que la acompañen, solo una madre que está atrapada. Acto seguido la llamada se corta. Es hora de entregar el teléfono.

Es lamentable la desgracia de algunos. Unos ríen, otros lloran, unos nacen, otros mueren. Nosotros no elegimos dónde nacer, ni tenemos la opción de elegir un montón de dinero para solucionar nuestras vidas. Solo nos queda luchar por nuestros sueños. Miles de personas no entienden lo que el sueño americano significa para algunos y por qué es tan importante. Y no les pido que lo entiendan, pero tampoco es justo cómo nos tratan. Ahora con la llegada del COVID-19, muchos inmigrantes han muerto porque, seamos sinceros, las autoridades fronterizas no les importa un comino que un inmigrante muera. Ni a ellos ni al presidente. 

¿Qué pasa con la humanidad? Mi tía y miles de inmigrantes están sufriendo en refugios y centros de detención de ICE. 

¿Por qué? Porque no hay comida para ellos, tampoco quieren ayudar con medicamentos, mascarillas o guantes. 

¿Saben cuántas medidas están tomando? ¡Cero! No hay nada más que la violación de los derechos humanos. Como mi tía y muchos inmigrantes se han quedado esperando con falsas esperanza su asilo político. Y muchas personas que siempre están ahí para decirles que sus planes dan risa y que no valen nada. Es que juzgar es fácil si no lo vives. Traté de contactarme con organizaciones o alguien que les ayudara con comida y cobijas pero nadie puede o al menos no para los inmigrantes de los albergues. El coronavirus vino para llevarse hasta las últimas esperanzas que los inmigrantes teníamos, es la gota que derramó el vaso.


Warning: A non-numeric value encountered in /home/longisl2/public_html/wp-content/themes/Newspaper/includes/wp_booster/td_block.php on line 326

Dejar respuesta