El vacio que cargamos en el corazon

(Painting/"The Emptiness that we Carry in our Hearts"/Gwynne Duncan)

El vacio que cargamos en el corazon

Nadie sabe la historia o el pasado de una persona. Vemos personas de diferentes países y culturas, pero realmente no sabemos qué han vivido, qué han experimentado o qué piensan o qué sienten. Vemos a niños, niñas, adolescentes, hombres, mujeres y ancianos, pero algo sí no podemos ver y sentir: lo que han vivido o lo que están viviendo.

Pueden parecer personas normales, que no han experimentado o vivido algo. Quizás esas personas que se miren normales pueden estar destrozadas, pueden estar tristes por algo que les ocurrió o que les está ocurriendo. Yo he de parecer que no he sufrido, que vivo con mamá y papá, porque realmente me lo han dicho muchas personas. Pero realmente no es así, solamente vivo con mi mamá y mis hermanos.

Yo amo a mi país El Salvador, es un lugar muy bonito, pero la delincuencia sigue aumentando. Estos grupos de jóvenes asesinan a quien quieren, más no piensan en cómo las familias quedarán con ese vacío. Personas inocentes han sido asesinadas. Una víctima de asesinato fue mi padre.

Mi padre era muy estricto. Algunas personas dicen que él era muy serio. Sí, él tenía su carácter y sabía dónde usarlo. Si estábamos comiendo y hablando, él nos regañaba y nos decía que era mala educación. Cuando andábamos comprando, a veces hacíamos berrinches y él solamente nos miraba con esos ojos, como diciendo, “Ya van a ver”.

Cuando él estaba desocupado, nos sentábamos con él, y le decíamos que nos contara cosas graciosas de nosotros cuando estábamos pequeños. Nos reíamos con él. Uno de los cuentos graciosos fue cuando mi hermano vio una película que se llama “Drácula”. Mi hermano no podía ver películas de terror porque no podía dormir. En El Salvador, hay unos mosquitos que se llaman zancudos, lo gracioso fue que en la misma noche que vio la película, un zancudo le picó en el cuello y empezó a llorar y a gritarle a mi mamá que Drácula lo estaba mordiendo. Cómo recuerdo esos momentos con mi padre.

Y cuando había grandes tormentas, quedaban pozas de agua y yo no podía pasarme para ir a la escuela. Mi papá se ponía las botas y me cargaba y me llevaba a la escuela.

Para mis hermanos, mi mamá y yo fue muy difícil superar la muerte de mi padre. Aún siento que no lo he superado totalmente.

El cumpleaños de mi mamá fue un jueves, 7 de enero. Salimos en familia, comimos y regresamos a casa. El viernes, 8 de enero, mi tía tenía una consulta con la niña, que es mi primita. Fuimos a la consulta mi papá, mi tía, la niña y yo. Luego fuimos a comer a la casa y llegamos en la tarde.

Llegó el sábado, 9 de enero. Recuerdo que era de mañana. Mi papá estaba desayunando y yo me le acerqué y le pregunté:

–Papá, ¿cuándo vamos a ir a Estados Unidos?

Él me contestó:

–¿Para qué quieres ir? Estás bien aquí.

–Quiero ir a ver a mis hermanos.

–Cuando estés más grande– contestó.

Se levantó de las mesa y salió a comprar.

Mi padre era albañil, él construía casas, puertas y más. Regresó y trajo materiales como hierro, ladrillo y cemento, y también trajo cosas para las casa, para comer y más.

Recuerdo muy bien las palabras que él nos decía: “Estudien, estudien, no quiero que sufran como yo”. Esas palabras yo las guardé en mi corazón y eso es lo que haré.

Regresó mi padre. Era tiempo de irnos para la iglesia. Nos subimos al carro y llegamos. Salimos de la iglesia y llegamos a casa. De repente, empieza a sonar el teléfono de mi papá. Era un hombre que quería un favor, si podía ir a recogerlo y que lo llevara a su casa. Mi papá era un hombre muy generoso, si él podía hacer el favor, él lo hacía. Mi papá le contestó:

–Sí, por supuesto.

Ya era noche y mi papá no había regresado. Marcaron las ocho de la noche y él no aparecía. Mi mamá estaba muy angustiada, se movía en la sala, se acercaba a la puerta y regresaba al comedor. Yo recuerdo que le pregunté a mi mamá:

– Mamá, ¿a qué hora va a venir mi papá?

Ella me dijo:

–Ya le hablé y dijo que ya venía.

Luego, volví a hacerle la misma pregunta y ella me contestó:

–En cinco minutos está aquí.

–Está bien.

Yo estaba sentada en el comedor con la muchacha que nos ayudaba en casa. Eran las ocho y media. De repente, escuchamos disparos, eran muchos. Los hombres malos ya lo estaban esperando. Mi mamá, la muchacha y yo corrimos. Mi mamá dice que ella escuchó cuando mi papá exclamó, “¡No! ¡No! ¡No!” La verdad, yo no escuché nada. Salimos y miramos a nuestro alrededor, pero yo no lo veía.

Mi mamá lo vio y gritó:

–¡Mi amor!

Yo no creía lo que estaba viendo. Corrí y llegué a dónde estaba tirado mi papá y empecé a gritar como loca:

–¡Papá! ¡Papá!

Mi mamá, de los nervios, no podía hacer una llamada, le temblaban las manos. La muchacha que nos ayudaba también gritaba:

–Don Armando, no nos deje, usted es fuerte, lo necesitamos… Don Armando, aquí están sus niños, aquí está su esposa, Niña Paty…

Mi hermano pequeño estaba durmiendo. Corrí hacia el cuarto con la muchacha y le dije:

–Ariel, ¡balearon a mi papá!

Él se despertó asustado, empezó a llorar y decir:

–¡No! ¡Mi papá no!

Llegamos a quel lugar, bajo la oscuridad, de repente escuchamos tres suspiros profundos que el hizo. En mi mente pense que el ya habia muerto, pero tenia esperanza que el seguia con vida. Llegó la policía y se lo llevaron. Con él iba mi mamá. Mi papá usaba lentes, se los quitaron, tenían gotas de sangre. Esa noche se tornó la más oscura para mí. Llegó más policía y se pusieron a investigar y pusieron una cinta amarilla alrededor del homicidio.

La muchacha, mi hermano y yo, nos arrodillamos y oramos. Yo lloraba sin parar y pedía, Dios, no te lleves a mi papá, por favor.

Sonó el teléfono de la muchacha y le dijeron que mi papá ya había muerto. Nadie del vecindario podía creerlo, las personas decían, ‘’Don Armando era buena persona, ¡¿por qué?!”

Después de lo que pasó, ya no se miraban niños jugando en las calles. Ya a las 6:00 p.m. las personas ya estaban encerradas en sus casas.

Nos decían, “Vayan a dormirse, enciérrense”. Yo no podía dormir. Me levanté, de repente escuché que estaban tocando la puerta. Era mi abuela, la mamá de mi papá. Ella llegó muy mal y preguntó si estábamos bien.

–Cierren las puertas bien– dijo mi abuela.

Minutos después, tocan la puerta otra vez. Esta vez era mi abuelo, el papá de mi papá. Mi abuelo también estaba muy mal, lo que recuerdo que él dijo fue:

–¡¿Qué le hicieron a mi hijo?!

Mi abuelo nos abrazó y se fue muy triste. Mi tío Juan mandó a unos policías a cuidarnos. Mi tío es jefe y subinspector de la Polícia Nacional Civil.

Fuimos a acostarnos. Del miedo, de la inseguridad que sentíamos, nos fuimos para la cama los tres: la muchacha, mi hermano y yo.

Al siguiente día, me levanté muy temprano. Empezaron a llegar personas y a decir que lo sentían y que no lo podían creer. Pero eso no me llenaba de consuelo. Lo único que me consolaba era Dios.

Yo no quería estar con nadie, sentía que me oprimían más. Sentía algo horrible en mí. Sentía que me ahogaba. No quería ver a nadie.

Más tarde llegaron la gente de la funeraria, era mi papá que venía. ¿Sabes? yo no podía creerlo. Ayer lo vi caminando y sonriendo y ahora lo miro en una caja, dije yo sin creer lo que realmente pasaba. Yo caí al piso sin consciencia. Muchas personas me lo dijeron cómo cuando caía parecía que estaba perdiendo el color y estaba muy helada.

Recuerdo a lo lejos que escuchaba la voz de mi mamá, tan suave, unas palabras sin fuerzas, en las palabras se le oía la tristeza, oía una vocecita que me decía, Jenny, Jenny, reaccione, hija… Solamente eso recuerdo, lo que las demás personas decían, yo no podía escuchar.

Me vestí de negro, porque luto era lo que había en mi corazón. Llegó la tarde y muchas personas empezaron a llegar. Eran demasiadas personas que no cabían y había personas afuera. Yo no estuve allí, me fui para atrás de la casa a distraerme con las señoras que estaban preparando el café y los tamales. Empecé a ayudar, pero yo no podía ayudar. Me sentía muy mal.

Había una amiga conmigo y me dijo:

–Vámonos, no puedes estar aquí, te estás dañando a ti misma.

–Déjeme– le contesté, sentía un enojo, una tristeza.

Me dije a mí misma, Jenny, sé fuerte, tú puedes.

Puse de mí hasta donde no pude. Fui ayudar a repartir el café y los tamales, pero sentía que no podía, el ambiente era muy triste. Vi a mis profesores y me abrazaron. Salí corriendo para el comedor y empezaba a decir en mi mente, Papá, papá, ¿por qué a mi papá? Me quedé dormida en el comedor, andaba cansada, no había dormido muy bien la noche anterior.

Me levanté asustada, pensando que todo era una pesadilla, pero no era así. Al mi alrededor no había nadie, había soledad. Mi hermano ya se había ido a dormir.

De repente, empecé a escuchar unos lloros y lamentos. Era mi abuela que estaba atrás de la casa. Ella estaba muy, pero muy mal. Estaba sentada en una silla y con ella estaba mi mamá que, con las pocas fuerzas que tenía, le untaba alcohol en la nariz, porque se quedaba desmayada. Había otras mujeres dándole viento.

No soporté. Salí corriendo, volteé la cabeza y miré la caja de mi papá, rodeada de lindas flores. Solamente me recordé de cuando estaba pequeña, cuando cortaba las flores más bonitas del jardín, salía corriendo y decía, “Una flor para mi mamá y una para mi papá”. Mi papá se ponía la flor en la oreja y yo me ponía a reír y a mi mamá se la ponía en el cabello.

Suspiré y me acerqué y me puse a hablarle. Yo ya no ponía llorar, sentía que ya no tenía lágrimas en los ojos, se me habían terminado. Pero mi profundo dolor seguía en mí.

Llegó la muchacha que nos ayudaba y me dijo:

–Vámonos a dormir.

–Está bien– le contesté.

Me acosté en la cama y vi hacia arriba, luego volteé mi mirada hacia la ventana y vi el cielo sin estrellas, estaba oscuro, triste igual a mí. Me quedé dormida.

Desperté al siguiente día y me alisté. Me senté de nuevo en la mesa y me recordé cuando papá se sentaba en la mesa y nos contaba cosas graciosas. De repente, llegó mi abuelo. Él quería darme fuerzas.


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