La Vela

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The Candle by Gwynne Duncan

¿Qué significa darle una voz a alguien sin nombre? ¿Qué significa que te arrebaten de repente tus derechos? ¿Qué se siente vivir en las sombras? La necesidad de construir un movimiento que restaure nuestros derechos, uno donde las personas sean reconocidas por su humanidad y no por su estatus legal, es más urgente que nunca, y solo podemos hacerlo reconociendo a cada individuo, y cada una de sus historias. Publicamos esta historia de forma anónima, aunque la escritora es una figura pública, con dolor por aquellos que no se sienten a salvo de adjuntar sus nombres a sus historias.

Es curioso cómo un olor, un aroma particular y simple que viaja a través de tus fosas nasales y se adhiere a tu cerebro, nada más que un proceso físico regular, pueda desatar repentinamente tanto amor, nostalgia, rabia… miles de recuerdos que con cada inhalación duelen un poco más.

Ese día estaba en TJ Maxx. Era diciembre, la Navidad estaba a la vuelta de la esquina y yo, con mi barriga de 6 meses de embarazo, era una de decenas de compradores en busca de alguna ganga de temporada con las que llenar el árbol de navidad.

Sin embargo, no podía decidirme. ¿Volvería a comprar un jersey para mi suegra? ¿O tal vez una crema de buena marca? Al final, entre una cosa y otra, no escogí ninguna y me puse a oler velas.

Como bombones en un escaparate, velas de todos los colores, formas y tamaños, me llamaban desde los estantes. Vainilla dulce, lavanda, piña colada…todas y cada una de ellas me seducían. Pero fue una de esas velas, indeterminada e inconsecuente, con su inesperado aroma a mimosa y ginesta, esas pequeñas flores amarillas de mi infancia, del árbol a la vuelta de la esquina de mi casa, de los arbustos de las caminatas de los domingos con mi padre, que finalmente cristalizaron, como una patada en el estómago, como un relámpago en la sien, la gran y terrible pérdida que había sufrido solo unos días antes.

La pérdida de mi estatus legal, y con ello, la pérdida de mi país natal, la pérdida de mi inocencia y el fin de un sueño. Como un cuchillo clavándose un poquito más profundo cada vez que olía la maldita vela, no podía tampoco parar de inhalar. Rompí en llanto, sollozando bajo las luces fluorescentes, las chillonas decoraciones navideñas y los compradores sorprendidos, y fue entonces, con las hormonas del embarazo en sus niveles más altos exacerbando mis lágrimas y mi dolor, que vislumbré mi futuro con una claridad profética. Y lo sentí, sentí como se desvanecía, como cuando dejas caer un vaso de agua sobre un boceto y la tinta se desdibuja, formando otra realidad. Lo que alguna vez fue preciso ahora era borroso, las líneas convirtiéndose en manchas, hasta que no hay nada, hasta que todo queda en el olvido, como una sombra, hasta que está todo arruinado, como mis esperanzas y aspiraciones, el resultado de alguien que se atrevió a soñar.

“¿Estás bien?”, Escuché.

“Si, sí”, contesté. “Gracias, es que echo de menos a mi familia, y estando embarazada, ya sabe usted, todo es un poco más dramático.” Sentí mi rostro hacer una mueca, mis labios alzarse en una media sonrisa, un gesto universal de que “todo está bien, no pregunte más” y la señora, una extraña con buenas intenciones, se despidió poco convencida y se marchó. Poco sabía yo, que esta sería la primera de muchas veces más por venir, donde me tocaría mentir, esquivar la preguntas, hacerme más pequeña, enmascarar mi dolor, negar … esconderme.

***************

“¿Quiere que le envuelva esto?”, preguntó la cajera de TJ Maxx. “Sí, por favor”, dije, y mientras veía a la mujer sacar un montón de papel amarillo y comenzar a envolver, pensé “Sí, por favor, envuelva mis sueños, mi infancia, envuelva cuidadosamente mis recuerdos felices, tenga cuidado con las esquinas, son especialmente importantes, envuelva mi corazón y mi razón, no deje que se conviertan en pedazos rotos.” ¿Será que este aroma me ayudará con que lo que está por venir?”, pensé, “por favor, Dios, cuando huela esta vela recordaré quien soy? Quien se suponía que iba a ser? ¿será suficiente?

Ese día no compré nada más y, al salir de la tienda, mientras estaba de pie en la acera, con la vela en las manos y los ojos llorosos centrados en la nada de un parking gris e invernal, viendo como la gente entraba y salía, pensé en ti, tú que te movías dentro de mi, tú quien me recordaste que estaba viva, tú, otro inocente que sufriría las consecuencias de la injusticia… y sentí rabia, rabia con mi cuerpo, rabia con la persona blanca que acababa de entrar a la tienda sin preocupaciones , siguiendo con su vida como si el mundo de repente no hubiera perdido su significado, rabia porque yo también merecía ir de compras sin preocupaciones, rabia por lo absurdo de la situación, rabia porque de repente ya no pertenecía a este sitio. Yo, la estudiante de honor, la editora en jefe del periódico de la universidad, yo que me estaba preparando para dar la bienvenida a un hijo, yo, que había creído. Y ahora, yo no era nada más que otra estadística, una historia triste, ahora era una pretendiente entre estos compradores, y oh Dios, “¿por cuánto tiempo más podré fingir, será que la gente lo ve en mi cara? en mis ojos marrones abatidos?”

Me subí al coche y lloré, porque ahora, tan lejos de los cálidos recuerdos de mi país de origen y ese dulce y delicioso aroma de mi infancia, ahora, finalmente había entendido que “yo” ya no existía. “Yo” era una aberración, “yo” no tenía derechos, y “yo” estaba inequívoca y completamente transformada. ¿Las becas que estaba segura de obtener? Adiós. ¿El gran trabajo que había hecho? Puf! ¿La licencia de conducir que pronto caducaría? Olvídate. ¿El seguro que necesitaba para dar a luz? empieza a mendigar. ¿Y las preguntas? de los seres queridos? de conocidos? de extraños? Será mejor que comiences a inventar algo.

DESESPERANZA. Una palabra tan amplia, pero tan imprecisa. Los que realmente lo han sentido saben, que es ahogarse en océanos de lodo, es atragantarse con lágrimas amargas hasta que te dan náuseas, es sal en una herida abierta llena de pus. Y ese día de diciembre, en el estacionamiento frío de un TJ Maxx, con el aroma de una vela de mimosa todavía llenando mis fosas nasales, di a luz a un YO sangriento y desesperanzado.

Mi presente está muerto, pensé, ¡viva el futuro frío y entre las sombras!

Encendí el coche y me fui a casa.

****************
“¿Crees que debería evitar Quogue?”, Le pregunté a mi esposo. “Ya sabes que hay un policía que siempre está aparcado en esa esquina de laMain Street. y es conocido por detener a los latinos”, le recordé. Mi esposo levanta la mirada y con ojos temerosos me dice: “Sí, creo que sería lo mejor por ahora”, y me coge la mi mano, me la aprieta, sus cálidos ojos verde-avellana se clavan en los míos, deseando que le dé una solución que no puedo proporcionar.

“Lo siento”, digo. Perdón por las preocupaciones, perdón por este lío en el que estoy metida, perdón porque, afortunadamente para mí, el puede funcionar en esta sociedad como una persona documentada. Él es ahora mi salvavidas, este hombre bueno, gentil y amoroso. Él es lo que me mantendrá a salvo de los lobos.

Sé que soy una de los pocos afortunados.

El padre de mi hijo tiene papeles, me ama, comprende cuál es su papel ahora. Hay tantos que no tienen una persona “documentada” con la que puedan contar. Es casi como tener acciones en bolsa, un premio, entre nosotros, los no deseados, los invisibles, los que viven en las sombras. Conocer y confiar en una persona documentada, una que te ayudará sin importar lo que sea, una que se preocupe … sí, eso se siente como ganar la lotería, eso se siente como un tesoro secreto que tienes que esconder. Debido a que él está de mi lado, no tendré que pagar una tarifa astronómica a algún extraño con afanes de timar por el seguro para el coche, tendré un lugar seguro donde vivir, con un contrato de alquiler o una hipoteca a su nombre, él será el conductor en los viajes de la larga distancia, él ahora es el paraguas que me protegerá en la tormenta, y yo, soy una extensión de él, un miembro oculto y fantasma de su persona en este mundo nuevo y aterrador. Con él, puedo fingir, saborear esos momentos donde puedo pretender ser una ciudadana completa, una persona con pleno funcionamiento, al menos por un momento, por este instante, al menos en la superficie. Casi se siente real. “¡Toma ya! ¡Todavía soy yo! ”Quiero gritar.

Pero, por supuesto, la realidad tiene una forma trágica y chistosa de entrometerse, y me acuerdo repentinamente, “ah, claro, es verdad, mejor que no vaya a Quogue, nunca se sabe si ese policía estará allí,” al acecho, como una araña en su telaraña, a la espera de nosotros los desprevenidos, esas pequeñas moscas marrones que vuelan inocentes, borrachas por la inevitabilidad de atreverse a tener una vida.

Mi esposo también será quien, por primera vez, años después, viaje con mi hijo por mi primera vez a mi país de origen. Por esto casi puedo odiarlo, pero incluso con ese odio falso e irracional llenando mi corazón, le hago una lista, detallando, dolorosamente y exactamente, cada lugar al que tiene que ir, cada persona que tiene que visitar, para que pueda mostrarle a mi hijo los tesoros de mis recuerdos. Puedo verlos claramente, a los dos, caminando de la mano, ambos de piel morena, cabello negro, el sol calentando sus rostros, paseando por las calles de mi pequeño pueblo, escuchando el acento distinto y desconocido de mi gente, tocando el suelo de mi tierra. ¿Olerán juntos los árboles de mimosa? ¿Van a ir de excursión para encontrar las flores de ginesta? Puedo sentirme casi allí, viendo a mi hijo mirar a lo lejos los paisajes amados de mi infancia, y con esa visión en mi mente de un recuerdo inventado de mi hijo visitando mi país de origen sin mí, siento que mi alma pierde otro pieza, siento esta maldición retorcer un poco más mi alma y empiezo a olvidar.

¿Quién soy yo? ¿Quién soy yo?

Quien-
soy-
YO?

 


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