Recuerdo muy vividamente

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Compartimos esta historia de una consejera de admisiones universitarias, cuyo trabajo con estudiantes inmigrantes y refugiados traen sus propios recuerdos de otra época peligrosa y devastada por la guerra, como una ofrenda de paz y compasión para todos los estudiantes recién llegados. La autora ha pedido mantener su historia en el anonimato. Cuando compartimos historias de forma anónima, proporcionamos una pintura hecha especialmente para cada historia por la artista de Herstory, Gwynne Duncan. Estas pinturas se realizan a partir de las imágenes que se ofrecen por cada autor anónimo.

“Él dice que como tu cumpleaños es muy tarde en el año y te vas a unir un par de meses tarde en el año escolar, puedes elegir si comenzar el primer grado o el segundo grado”, mi tía traduce las palabras extranjeras del director.

Levanto los ojos de mis manos cruzadas en mi regazo y miro a mi tía a mi derecha y luego a mis padres a mi izquierda, esperando que uno de los tres responda la pregunta por mí. Hace menos de dos meses, estaba comenzando el primer grado con una ceremonia tradicional alemana al aire libre con otros 10 u 11 estudiantes. Estábamos muy emocionados de habernos graduado en el jardín de infantes y comenzar el primer grado juntos, ansiosos por aprender. Ahora estoy sentada en una habitación de un edificio grande que no se parece en nada a mi antigua escuela.

Estoy tan molesta con mi familia por obligarme repentinamente a dejar nuestra casa y mi escuela, amigos, familia, la comida deliciosa, y ponerme en esta situación. Tuvimos que empacar todas nuestras cosas y se me permitió elegir solo dos pequeños animales de peluche para llevar en mi pequeña mochila. Estaba devastada y no sabía lo que ellos estaban pensando.

Con titubeos, le digo a mi tía que empezaré en el segundo grado. No sé por qué, pero ¿por qué no? Me pregunto si mi hermano tendrá que hacer lo mismo en su escuela.

Unos días después, mi primo me acompaña a nuestra escuela. Estamos limitados en lo que podemos decirnos: él no habla alemán y yo no hablo inglés, pero ambos hablamos algo de serbio.

Entro a la escuela y él me lleva a la oficina a la que necesito ir y me deja allí para ir a su salón de clases. El director que conocí el otro día me presenta a la maestra que me enseñará inglés. Ella me dice en alemán que ella y yo nos reuniremos fuera de mi salón de clases regular algunas veces al día, pero que por ahora, necesito ir al salón de clases con los otros estudiantes. Ella camina conmigo y me los presenta. Algunos asienten con sus cabezas, otros saludan y otros dicen palabras que no entiendo. Me siento donde me han indicado y espero hasta encontrarme con ella de nuevo. No sé qué hacer, pero todos me parecen lo suficientemente amables.

Ahora es la hora del almuerzo y no tengo ni idea de lo que tengo que hacer, ya que no traje nada de comida. Afortunadamente, una de las mujeres que trabaja en la cafetería habla alemán, así que me explica cómo hacerlo. Estoy tan nerviosa y no puedo esperar hasta que termine el día y pueda volver a “casa”, a la casa de mi tía. Me pregunto cuánto tiempo más necesito estar aquí. Ninguno de los niños me habla y veo que algunos de ellos me miran y se ríen. Era demasiado bueno para ser verdad que fueran tan amables conmigo, supongo.

Tuve mi primer encuentro con la profesora de inglés, lo que fue un alivio. Ella es muy agradable y es muy bueno poder hablar con alguien que me entiende y a quien yo entiendo.

Cuando llego a casa más tarde en el día, abrazo a mi mamá y empiezo a llorar histéricamente. Exijo saber por qué estamos aquí. Mi mamá me dice que me lo dirá cuando sea mayor.

Unos años más tarde, cuando estamos trabajando para obtener nuestra ciudadanía estadounidense, mis padres y mi hermano decidieron que ahora era el momento de explicarme lo que sucedió.

Cuando tenía solo dos años, el país en el que nací estaba en una guerra civil alimentada por la religión y mi mamá, mi hermano y yo estábamos en el último avión que salía del país. Fuimos a Israel a vivir con algunos amigos cercanos de la familia, mientras que mi padre se fue a Alemania. Recuerdo muy vívidamente cuando me separaban de él y lo molesta, y confundida que estaba mientras lo abrazada el mayor tiempo posible; tanto como cualquier niña de dos podría hacerlo.

A los pocos meses de estar en Israel, donde se formaron la mayoría de mis primeros recuerdos, nos mudamos a Alemania para estar con mi papá.  Él no pudo unirse con nosotros en Israel, por lo que encontró refugio con su hermano en otro país extranjero. Estaba tan feliz de verlo cuando tuvimos la suerte de poder encontrarnos en el aeropuerto.

Estábamos en Alemania legalmente como refugiados de un país devastado por la guerra, pero convertirnos en ciudadanos allí era muy difícil. Por eso mis padres nos volvieron a desarraigar, pero esta vez trayéndonos a Estados Unidos. En este momento y a mi edad, entiendo y aprecio las decisiones que tomaron, pero eso no hace que las experiencias y emociones que experimenté sean menos traumáticas.


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