Yo sé lo que es usted…

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(Painting/"I Know What You Are"/Gwynne Duncan)

En el mundo de soñadores de DACA y sus familias, con las reglas constantemente cambiando, nada es ordinario. Nada es seguro. Esta historia de una joven universitaria tratando de dejar su huella al pasar de la niñez a la adultez de una manera que todos merecen, ilumina las disparidades en familias y comunidades, y el dolor causado aún cuando personas están tratando de hacer lo correcto.

“Yo sé lo que es usted…”

Sólo unas cuantas veces llegué ver a mi madre temblar de miedo. La mayor parte del tiempo, ella se presenta como la persona más calmada y preparada en cualquier situación de crisis. Recuerdo que la llamé en cuanto llegué a casa y me enteré de que la administración había terminado el programa DACA. Pensé que me iba a volver loca por el hecho de que nunca visitaría Perú para ver la tumba de mi abuelo recién fallecido—el hombre que crió a mi hermano y a mí mientras mis padres balanceaban numerosos trabajos para poder pagar la renta de un pequeño apartamento en un sótano en una calle sin salida donde miembros de pandillas, vende-drogas, agresores sexuales, pedófilos y convictos acechaban.

La llamé cuando pensé que mi vida estaba amenazada por la presencia de personas peligrosas en mi vida. Las mujeres mayores en mi familia han actuado como rocas en mi vida cuando he pasado por dificultades.

Mi madre rara la vez se atemorizaba ante una situación difícil que tenía que encarar. Era su deber evocar en mí la fuerza de las mujeres en nuestra familia. No estábamos preparadas para expresar tanta confianza en nosotras mismas cuando sólo estábamos en el banco para realizar una simple tarea.

La mayoría de jóvenes adolescentes valorarían las memorias de abrir una cuenta de banco. Significa una de tantas experiencias de vida en la que los jóvenes pueden demostrarle a sus padres que son lo suficientemente responsables para vivir en el mundo: un momento del paso de la niñez a la adultez, “coming of age moment” como lo llaman aquí.

Entramos al edificio por puertas altas de vidrio y con el logo del banco en las manijas. El lobby principal parecía acogedor desde la gran variedad de ventanas que componían las paredes a las paletas sobre el mostrador principal, y las mujeres blancas de mediana edad agarrando las manos de sus niños pequeños. Este día estaba supuesto ser como cualquier otro.

Una mujer negra de mediana edad estaba ansiosa por atendernos en cuanto entramos. La reunión fue sencilla al principio: la mujer hizo que firmaramos un número de documentos, nos dio un breve resumen de cómo funcionan las finanzas personales y si quería yo abrir una cuenta de ahorros. Cuando decidimos seleccionar una cuenta comunal, la mujer nos pregunta a cada una por nuestros números de seguro social. Esto es cuando mi madre, el ser humano más resistente que he conocido, empezó a temblar en su asiento. La última vez que vi tal expresión de angustia en su cara fue cuando yo tenía tan sólo seis años, sentada en el piso de la cocina, rogándole que me dijera cuándo íbamos a regresar para ver a la Mamá Rosita, al Abuelo Pedro y a mis tías, familiares que no había visto en años. Estábamos confinadas en una sociedad donde la sencillez y la comodidad son sólo un sueño.

–Cualquier forma de identificación estatal serviría, señora –dijo la mujer cuando se dio cuenta que mi mamá había estado buscando con torpeza en su cartera sin resultado.

Le dio su permiso condicional de conducir que obtuvo en Maryland, que fue cuando la consultante decidió preguntar:

–Señora, ¿usted trabaja en este país legalmente?

Ninguna respuesta.

–Oh, yo sé lo que es usted. Créame, mi primo es ilegal y tiene ese mismo tipo de tarjeta.

Me di cuenta en ese momento que trató de hacerse pasar como una aliada, pero también entendí que esta es una situación común en la que se nos ponía y la cual siempre ha causado una incomodidad enorme entre mis familiares y yo. Esto ocurre particularmente cuando un extraño trata de acercarse de manera muy directa, que por alguna razón, se enfoca en nuestra ciudadanía de un país que hemos estado queriendo dejar por años ya (tan siquiera por un tiempo…).

Eran momentos como estos que me recordaban las numerosas conversaciones que he tenido con extraños que me han preguntado directamente si era ciudadana de este país, porque aparentemente ésta es una gran manera de presentarse a otra persona:

Hola, mi nombre es [redactado] y no tengo ni idea si podré trabajar o vivir en este país el próximo año a pesar de haber vivido en este país por más de 17 años… NO, NO PUEDO VOTAR EN NINGUNA ELECCIÓN… mis padres podrían ser deportados en algún momento y todavía ni siquiera he graduado de la universidad… ¡Gusto conocerte!
Eso definitivamente encaminaría la conversación lejos del ancla que todos mis primos viviendo en este país han tenido que cargar prácticamente todas sus vidas, pero nuestra ancla no es nada comparada con los barcos masivos que han agobiado a nuestros padres. Es inimaginable comenzar a pensar en el quebranto que han pasado al no poder estar con sus propios padres, dos de los cuales han fallecido.

…Y aquí estoy sentada en una pequeña silla color café, junto a mi madre atemorizada tratando de abrir una simple cuenta de banco para mis gastos universitarios. Cualquier persona pudo haber escuchado nuestra conversación en ese momento. Todos ahí ya podrían saber que éramos ilegales, pero ya no me importaba así que simplemente me puse de pie, tomé la mano de mi madre y dije:

–Gracias, por toda su ayuda, señora. Regresaremos otro día.


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