Fantasmas

Compartimos esta historia de forma anónima para proteger a la familia en su dolor y para enviarla a todas las otras familias que no pueden unirse para llorar juntos en estos momentos. Cuando compartimos historias de forma anónima, proporcionamos una pintura hecha especialmente para cada historia por la artista de Herstory, Gwynne Duncan. Estas pinturas se realizan a partir de las imágenes que se ofrecen por cada autor anónimo.

Cinco sillas esparcidas para siete personas. No son suficientes. Como los fantasmas, los hermanos de mi esposo parecen flotar y merodear alrededor de su madre que no puede ponerse de pie en esta habitación oscura. No veo flores, no hay velas, solo el ataúd que enmarca el cuerpo rígido y pálido de mi suegro. Ojos cerrados, cabello gris, brazos cruzados sobre su pecho, más delgado que la última vez que lo vi. ¿Podría haber sido en Navidad? ¿Año Nuevo? ¿Por qué no puedo recordar? Le ha quedado bien el traje azul que mi esposo le consiguió hace dos días. Se parece al que usó cuándo su hijo y yo nos casamos. No han traído pañuelos para secar sus lágrimas. Nadie, que no sea de la familia, está permitido o ha querido acercarse a ellos, ni siquiera los empleados de la funeraria. La atmósfera se siente vacía, excepto por los sollozos de mi suegra que llenan los espacios desolados de una funeraria hueca, fría, sombría y abatida. Áreas en las que, en cualquier otra situación, se habrían llenado de docenas de personas presentando sus respetos a la familia de mi esposo y le habrían dicho su último adiós a Don Castiblanco.

Y esa es la peor parte de esta pandemia, la incapacidad de consolar a los que sufren, de abrazarlos, de limpiar sus lágrimas con contacto físico y humano. Tocarlos, abrazarlos. Hacerles saber que su dolor es compartido, que no sufren solos … pero, están solos. Yo tampoco puedo hacer nada. No puedo, no debo. No quiero abrazar a mi suegra o a mis cuñados, o sus hijos para mostrarles cuánto lo siento, porque sí lo siento, pero ellos también tienen el virus y yo soy un cobarde. Esto no es un velorio, es una deshonra, no solo contra él sino … su familia merece algo mejor; son buenas personas; se merecen algo mejor; mi esposo no merece decir adiós así. Su corazón está roto.

Han pasado varios días … No puedo olvidar la culpa, ni la incapacidad y la desconexión con mi otra familia que mi miedo a enfermarme y enfermar a mis hijos causó en mí ese día soleado, pero nublado a los ojos de mi esposo. Recuerdo sus ojos; él llevaba una máscara. Solo podía ver sus ojos en esos momentos. Lo decían todo acerca de ese momento injustamente aislado. Hablaron conmigo sobre la culpa y el trauma colectivo que cada uno de nosotros experimentamos como individuos. Un sufrimiento tan público, pero tan personal a la vez. Ese trauma es el que, como lo hace el virus, se está extendiendo igual que un incendio forestal por todo el mundo.

Es un desastre natural que nos ha enfermado a todos física y emocionalmente detrás de las puertas cerradas de nuestras casas desinfectadas. Virus, un ecualizador humano que no ha sabido discriminar al culpable o al inocente, al fuerte o al débil. Se ha convertido en ese espejo roto que nos muestra nuestra fragilidad humana, individual y colectiva. “Somos fuertes”, dicen en la televisión, “Somos fuertes”. Pero nos hemos desmoronado enredados en miedos y desesperación en solo un par de meses. No me siento fuerte. Quiero ser valiente, pero hoy, mi propio padre ha sido llevado al hospital. Tiene problemas para respirar, su vida se esta escabullendo. Pero “todavía está vivo, no como mi suegro, hay esperanza“, me digo. Me siento culpable una vez más por mis pensamientos egoístas, por tener esperanzas, por ser una persona mala y por no pasar por el mismo dolor que mi esposo esta pasando. No he perdido a mi padre…todavía no

 

 


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