“Confesión”

0
445
(Painting/"Confession"/Gwynne Duncan)

“Confesión”

–¿Por qué estás sentada así? –me preguntó con una voz temblorosa.

–Me estás poniendo nervioso, como si hubiera hecho algo malo.

Dejo salir una risa sarcástica mientras me veía en el asiento de pasajero reclinada hasta atrás en un intento de esconder el intenso temblar de mi cuerpo. Cuando llegamos a mi casa, me dio un beso a medias y yo me tropecé al salir del carro. Cuando pude por fin pararme y poner la palma de mi mano en la manija del carro, él subió la mirada para verme con una sonrisa en la boca y dijo:

–No sé qué te pasa esta noche, pero quiero que recuerdes que si me dejas, no recibirás tu tarjeta de residencia.

Me quedé sin palabras. Me distrajo el hecho de que mis piernas estaban temblando intensamente y no por el viento frío de diciembre. Decidí ya no esforzarme dolorosamente caminando y en vez gatée abajo por las escaleras hacia mi cuarto. Antes de llegar al fondo de las escaleras, me detuve a mirar el poster gigante de Machu Picchu que colgaba del lado izquierdo de mi cuarto. Las maravillosas ruinas de mis antepasados Inca. Imágenes de mi hermoso país inundaron mi mente… pintó recuerdos de la Plaza de la Constitución en Huancayo donde corría con mi hermano mientras nuestros padres jóvenes daban un paseo romántico juntos. Me hizo pensar en la señora Rosa y su florería donde ella me regalaba dulcecitos cada vez que mi madre y yo visitábamos. Me hizo extrañar la granja de mi abuela en Lima, donde yo correteaba gallinas sin cabeza para cenar.

Alimentó unos celos intensos que había estado sintiendo ya unos meses al ver unas fotos de mi hermano y primo mayor que pudieron viajar y visitar familiares que no hemos visto en más de 15 años. Empecé a llorar al recordar las fotos que tomaron mientras visitaban la tumba en Arequipa de mi abuelo recién fallecido. Lo enterraron junto a sus padres que fallecieron trágicamente cuando él era un niño, dejándolo a él y a sus dos hermanos huérfanos y forzados a proveerse por sí solos. Sus luchas de vida le dieron a mi abuelo fuertes principios morales que transmitió a sus hijos, y eventualmente a mi hermano y a mí cuando nos crió durante nuestros primeros cinco años de vivir en Estados Unidos. Él sabía que quería ser enterrado en la tierra a la que pertenecía su corazón: la sierra, los Andes, el corazón de Perú, el corazón de su alma.

–Si me dejas, no recibirás tu tarjeta de residencia.

Todas las imágenes en mi cabeza desvanecieron al oír el eco fuerte y claro de la frase rebotar por todas las paredes del sótano gigante y oscuro. Procedí a tomar un marcador rojo de mi escritorio y dibujé una gran “X” roja en mi poster gigante. Pasé el poster caminando y me detuve a mirar las fotos colgantes de mí de niña mostrando trofeos de mi liga junior de fútbol. La niña en la foto tenía ojos esperanzados y una gran sonrisa de ocho años que representaban su creencia en sus capacidades y aspiraciones como una niña inocente que no estaba consciente de los obstáculos que enfrentaría en el futuro. Guardé la foto en mi closet y desesperadamente busqué ropa para cambiarme.

Mis rodillas comenzaron a fallarme y me forzaron a sentar en la alfombra de mi cuarto pequeño sin luz. Sentí como si estuviera pasando por la fase más oscura de mi vida. Estaba viviendo en el sótano de una casa donde la luz del sol se olvidó de mi existencia y mi coraje contra el mundo estaba en su apogeo.

¿Cómo puede sentirme orgullosa de mis logros? Soy una idiota. Yo misma me pongo en esta situación. ¿Deberia ir al doctor? ¿Se enterarán mis papás? Pensé en sus palabras, “Si me dejas, no recibirás tu tarjeta de residencia”. ¿Cómo pensé que casarme a los 19 años me permitiría realizar mis sueños? ¿Cómo pude tolerar una relación abusiva con la esperanza que me acercaría a mi familia en Perú, el lugar donde pertenece mi corazón? La desesperación dentro de mí ha existido por meses y me cegó ante lo absurdo de mi situación.

Al empezar a tirar mi ropa violentamente por todo el piso de mi cuarto, sonó mi teléfono. Era mi madre. Parte de mi agonizaba por decirle lo que me estaba pasando, decirle cuánto me detestaba a mí misma por haber aguantado una relación abusiva, decirle lo loco que es que no tengamos otra opción como inmigrantes más que meternos en situaciones peligrosas para poder sentirnos seguros en un país en el que hemos vivido por años, decirle como los moretones en mis piernas me dolían tanto que solo mis gritos los podían describir. Necesitaba estar con alguien, no soportaba estar sola, pero algo dentro de mí hizo que no alcanzara el teléfono.

—Traducción de Silvia P. Heredia


Warning: A non-numeric value encountered in /home/longisl2/public_html/wp-content/themes/Newspaper/includes/wp_booster/td_block.php on line 326

Dejar respuesta