Grita Tu Nombre por Marcela Contreras

Crecí escuchando las historias. Silenciosos susurros de nombres tabúes y recuentos del dolor y el sufrimiento de mi gente. Aunque las palabras en sí eran horribles, los momentos de silencio entre ellas eran peores. La mirada en los ojos de mi madre y el temblor en los labios de mi abuela decían todo lo que no podían. Me crié con estas historias, solo que en realidad no eran solo historias… eran advertencias.

Hay algunas cosas que recuerdo sobre mi abuela antes de que su cáncer comenzó a cobrar su vida. Uno de los recuerdos que tengo es su miedo. Quince años después del fin de la dictadura, ella todavía no se atrevía decir el nombre de nuestro amado presidente caído, Salvador Allende, su nombre había sido prohibido por Pinochet después del golpe de estado.

-Estamos en los Estados Unidos ahora, mamá  -le decía mi madre. -Podemos decir su nombre aquí. Nadie puede hacerte daño ahora.

Una mirada a mi abuela sobándose sus manos manchadas por edad y sus ojos brillantes nos hicieron saber que ella no estaba convencida. Estaba completamente inhibida por el miedo que la invadía.

Este es el mismo miedo que siente mi madre cuando mira figuras de autoridad. No importa qué país o cuántos años después del hecho, ella nunca podría confiar en nadie otra vez. No después de ver los cuerpos torturados de los que solían ser sus maestros, colgados y atados dentro de lo que podría compararse con un campo de concentración a solo quince minutos de su casa. No después de ver que su casa fue destrozada por soldados en medio de la noche, tratando de buscar armas cuando en realidad estaban buscando alguna pista de oposición. Estas pistas podrían ser un libro, una imagen, un vinilo.

Cuando era joven, estas historias parecían incomprensibles. Me jactaba a mis amigos en la escuela sobre lo fuerte que era mi madre porque el miedo no era suficiente para evitar que ella a los quince años gritara los nombres de sus maestros para que alguien los recordara, para que alguien supiera que existían y supiera que eran torturados.

Es 2019 y Chile ha vuelto a 1973, excepto que esta vez tenemos pruebas de video.

Videos de soldados golpeando a niños. Prueba de la policía inhalando cocaína en sus patrullas para mantenerse activos. Soldados incendiando supermercados o robándolos y culpando a los manifestantes. Un video de varios soldados golpeando a dos civiles y luego dándoles diez segundos para correr a la casa. Les dispararon a los cinco.

-Ya vi estas cosas cuando era niño ­-dijo mi padre cuando se lo mostré. -El problema ahora es saber qué es verdad y qué no.

Pero no necesito ver el miedo con mis propios ojos para saber que es real. Tengo prueba de ello en la punta de mis dedos. Todo lo que necesitaba hacer era entrar a Instagram o Facebook.

O abrir el chat de mi familia en WhatsApp. El que incluye toda la familia de mi papá. Sus cuatro hermanas y hermanos y sus hijos. El que estaba lleno de fotos de sus nietos y vacaciones familiares y cenas que deseábamos poder compartir. Ahora está plagado de videos de abuso y mensajes llenos de preocupación.

“Tengo miedo”, escribió la hermana mayor de mi padre. “Es como cuando éramos niños. Es como estar de vuelta en 1973”.

Me dolía el corazón de una manera que no sabía que podía, sabiendo que la mujer que era solo dos años mayor que mi padre, pero que hizo todo lo posible por criarlo a él y a sus hermanos menores, estaba asustada.

“Preparen sus pasaportes”, escribió mi papá.

“Si pasa algo, preferimos que estén aquí, a salvo con nosotros”, envió mi hermana.

Traté de imaginarme a la familia Contreras en mi casa. Tenía que ser más de veinte personas. ¿Cómo organizaremos la casa para que todos encajen? ¿Cuántas camas deberíamos comprar? Tendríamos que deshacernos del piano en mi habitación. Aunque creo que uno de mis tíos toca el piano, tal vez le gustaría quedarse con él. ¿Los llevaríamos a hacer turismo? ¿Quién podría disfrutar ver Times Square con corazones tan rotos?

Pero si Chile decidiera entregar el gobierno a los militares, como un golpe de estado voluntario en lugar del forzado de los años 70, ¿habría alguna forma de que mi familia saliera, si ya, un día en los disturbios sociopolíticos, se estaban quemando carreteras y puentes?

Ya declararon el toque de queda militar. Ya cancelaron la escuela y el trabajo para sus ciudadanos. Ya hicieron desaparecer algunas personas. Ellos ya lo torturaron. Ya mataron.

“Grita tu nombre”. Ese es el consejo que los ciudadanos de Chile se están dando ahora. “Grita tu nombre si te detienen” porque tienen suficiente experiencia con personas detenidas y nunca más vistas. Todavía no hay un número establecido sobre cuántas personas desaparecieron en los años 70, solo que son más de 1,500, pero cualquier chileno que vivió en ese momento le dirá que es mucho más que eso. Entonces grita tu nombre, para que alguien sepa que te has ido. Para que alguien sepa que exististe.

“Regresen a casa antes de que comience el toque de queda”, ordena mi papá en el chat.

-Los jóvenes no saben -dice mi madre. -Los jóvenes no saben lo malo que puede ser.

Pero los jóvenes no temen lo mismo que sus padres. Todavía no están traumatizados. Están enfurecidos.

Enfurecidos por ellos mismos. Enfurecido por su país. Enfurecidos porque sus padres, que ya luchan con su estrés post traumático del que nadie habla, están siendo retraumatizado. Enfurecidos porque les disparan a sus compañeros de clase. Enfurecidos porque su educación se está en riesgo. Enfurecido por el futuro que los espera. Un futuro donde los ricos se enriquecen y los pobres se empobrecen y no hay nada intermedio.

Se negaron a no marchar. Se negaron a no hablar.

“No me importa si muero”, los he visto publicar. “No dejaré que esto le vuelva a pasar a mi país”.

-Me uniría a ellos si pudiera -dijo mi madre, mientras veíamos videos de 1.5 millones de personas marchando, golpeando sus cucharas de madera contra sus ollas y sartenes.

Agitando sus banderas con las palabras “No estamos en guerra” escritas en ellas. Azul para los cielos, blanco para los Andes y rojo para la sangre derramada en la lucha por la libertad. La sangre que continúa derramándose. Salen a la calle con guitarras a cantar canciones de Víctor Jara, un activista, músico y profesor que fue torturado y asesinado en la primera dictadura. Cuando la multitud se unió a la canción, “El derecho de vivir en paz”, se me hizo un nudo en la garganta. Era como una canción de sirena llamando a nuestra sangre. Sabía que si podía marchar junto con ellos, yo también lo haría.

-Si no fuera por ti -continuó mi mamá, -me subiría a un avión ahora mismo.

Pero por ahora, todo lo que podemos hacer es tener esperanza y fuerza para combatir el  miedo y la tristeza.

 


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