Cada vez que miraba atrás

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(Painting/"Every Time I Looked Back"/Gwynne Duncan)

¿Qué sucede cuando las historias de vida reales de estudiantes son relegadas al silencio, en vez de ser celebradas e incorporadas en currículos escolares y en la sabiduría de la comunidad? Esta historia fue generada en un taller bilingüe, que incluía estudiantes que no sabían español y estudiantes que no sabían inglés cuando primero comenzaron a escribir juntos. Conforme los estudiantes empezaron a aprender el idioma del otro, y se esforzaron para comunicarse y escuchar, la experiencia fue verdaderamente transformadora. Nos gustaría creer que si tal experiencia fuese disponible en cada escuela, todo lo que los estudiantes tienen por enseñarnos ayudaría a abrir el camino. Solo entonces brillará nuestra humanidad compartida en los salones de clase, y un verdadero aprendizaje tomará lugar.

Cada vez que miraba atrás

Muchas personas juzgan sin saber ni conocer.

No conocen la historia o pensamientos, sensación, pasado o sentimientos…

De la chica callada o del chico rebelde,

De la niña inteligente o del niño que no se esfuerza,

Del distraído o del hiperactivo,

Del obediente o del desobediente,

Del delgado o del de sobrepeso,

Del feliz o del gruñón,

Del religioso o del no religioso,

Del de tatuajes o del de corbata,

Del nacido aquí o del inmigrante,

Del que come o del que no come,

Del superado o del fracasado,

Del loco o del cuerdo,

Del que toma o del que no toma,

Del que vive en casa o del que vive en la calle,

Del sano o del enfermo,

Del que ofende o del ofendido,

Del que fuma o del que no fuma…

Solo nos ponemos a hablar y no nos ponemos a pensar cuáles son las razones del por qué actuamos de cierta manera…

Nunca sabes qué tiene la vida destinada para ti. Tú quieres algo, pero el destino, Dios, la vida o como quieras llamarle, no quiere lo mismo.

Piensas y quieres algo, te esfuerzas para obtenerlo y simplemente no se puede.

El dolor más grande es sentir que te arrebatan lo que más quieres en la vida. Pensar que estarás toda la vida con las personas que te vieron crecer.

Antes de partir de mi hogar, sucedieron muchas cosas, unas buenas, otras malas, pero todas inolvidables.

Cada vez que me levantaba de la cama, miraba hacia arriba y siempre con el pensamiento, Vive tu día como si fuera el último.

Siempre salía de mi casa diciéndole, “Te amo”, a mi primer amor, a la persona que siempre querré tener a mi lado, mi abuela. Ella, la mujer por la que daría mi vida.

Llegó el día en que Dios y mi madre me dieron la oportunidad de estar en la tierra, de ver amanecer y cada anochecer, pero mi corazón no quería que llegara ese día.

El día de mi cumpleaños. Un día común, no interesante. Un día regular de escuela, amigos, familia. Un día normal pero feliz, sabiendo que era un año más que pasaba al lado de las personas que más amaba.

Dos días después, salgo de mi casa sabiendo que, al regresar, me espera mi familia reunida para celebrar conmigo. Salgo imaginándome que, cuando regrese, estaré con ellos.

Aunque pasé la mañana sintiendo algo por dentro. ¿Qué era? No lo sabía. Pero no le tomé importancia.

Minutos después, suena el teléfono: una llamada inesperada en un momento inesperado. Mi prima contesta y lo único que veo son sus extrañas miradas hacia mí, gestos y palabras que no puedo comprender.

Lo único que quería en ese momento era saber qué estaba pasando.

Minutos después, mi prima termina la llamada, y lo único que me dijo fue,

—Te vas, ¡en una hora te vas!

Yo, muy sorprendida dije,

—Pero, ¿para dónde?

Lo único que ella dijo fue,

—Con tu mamá.

En ese momento una ola de emociones me envolvió. Me sentía enojada, triste, ¡desesperada!

Con lágrimas en los ojos, lo único que decía era que no quería irme. En ese momento solo quería desaparecer o que simplemente todo fuera una broma o un sueño.

Pensé entonces en mi familia. En todo lo que habían hecho por mí, mis amigos, mis metas. ¡Oh, Dios!

Cuando estaba esperando el autobús para irme a mi casa, tuve la intención de escaparme y regresar cuando ya todo pasara. Me llené de coraje, el cual expresaba llorando sin importarme dónde estaba o quién me veía.

Me subí entonces a un autobús diferente, pero mi prima se subió conmigo y no pude escapar. Esto me hizo enojarme mucho más. Nos bajamos del autobús y comenzamos a caminar. Yo caminaba y pensaba en qué iba a pasar con todo.

Cada paso que daba era una lágrima que derramaba. Cada pensamiento, un sentimiento. Dejé atrás a mi prima mientras caminaba y no me importó. No me importaba nada, solo quería que pasara un carro y me atropellara y así dejar de sentir.

Cuando llegué a casa, no dije ni una sola palabra. Solo volteé a ver a mis abuelos, bajé la mirada y me dirigí hacia mi cuarto, quería recostarme en mi cama, mientras llegaba mi prima para que les diera ella la noticia.

Cuando ella llegó, le preguntaban que qué me pasaba, que por qué lloraba, que por qué mi silencio. Ella les dijo lo que pasaba y ellos se quedaron un momento en silencio, comprendiendo y acompañándome en mi dolor. Mi prima y mi abuelo fueron los únicos que tomaron las cosas con madurez.

Me levanté de la cama y me dirigí hacia mi abuela diciéndole,

—Por favor, no deje que me vaya.

Ella con lágrimas en los ojos me contestó,

—Hija, yo no puedo hacer nada.

Con el dolor en mi alma, bajé la mirada y no dije ni una sola palabra más. Solo me senté ahí, en silencio mientras el momento llegaba.

Dicen que una de las cosas más difíciles es decirle adiós a las personas que jamás imaginaste perder. Las únicas palabras que les dije fueron que los amo y que jamás se olvidaran ni de mí ni del amor que les tenía.

Pero no pude decírselo a todos.

De mis amigos, solo le di el último abrazo y le dije el último “te quiero” a mi mejor amiga. Por suerte ella vive en la misma calle donde yo vivía. Ella me vio llorando y me preguntó que por qué estaba así, que por qué le decía eso. No le pude decir nada ya que me dijeron que no le podía decir nada a nadie.

Tenía que tomar un autobús que me llevaría al lugar donde me reuniría con el primo de mi mamá. Él también iba a salir ese día así que haría mi viaje con él. Creo que solo lo había visto una vez, solo dijo “hola, buenas tardes” y eso fue todo. Mi familia me dijo que estaba bien que fuera con él, ya que lo conocían y además era parte de la familia. Ellos lo conocían, no yo. Apenas si conocía su nombre.

Mientras iba en el bus, pensaba en las razones que una persona tiene para dejar todo atrás e iniciar una nueva vida. Y me pregunté, ¿Por qué tengo que ir a vivir a un lugar donde no quiero ir?

Mi cabeza comenzó a dar vueltas y no sabía cómo detenerla. Todo el mundo me decía que no me sintiera mal, que no llorara porque iba a estar con mi madre. Pero ese era el problema. Yo no me llevaba bien con ella.

Cuando mi madre me dejó, yo solo tenía seis años de edad. Pero aún en esos seis años viviendo con ella, nuestra relación nunca fue cercana. Estuviera yo donde estuviera, siempre pedía estar con mi abuela.

Un día, después de estar yo con mi abuela, ella y mi mamá tuvieron una discusión. Mi madre me llevó con ella. Dicen que ese día, en la mitad de la noche, desperté llorando porque yo quería que me llevaran de regreso con mi abuela. Una niña de cuatro años llorando porque quería estar con su abuela en lugar de estar con su propia madre.

A mi padre no lo conozco. No sé si alguna vez lo conocí. No sé cómo es, no sé cuántos años tiene, no sé nada de él. Y para ser sincera, no me interesa saberlo. No me interesa saber de un hombre que solo jugó con los sentimientos de una mujer. De un hombre que no me quiso desde que estaba en el vientre de una mujer que lo amaba. Si no me quiso entonces, mucho menos ahora, después de tantos años.

En el viaje del autobús, que tomó diez minutos hasta el lugar donde encontraría al primo de mi madre, seguí pensando en ella: una madre soltera, una chica que venía de una familia humilde, que tuvo que dejar a su hija para poder perseguir el sueño americano. No porque quisiera, sino porque necesitaba hacerlo.

Miraba la ventana del autobús y podía ver mi reflejo. Pude ver también el reflejo de mi prima, la cual cuando nuestros ojos se encontraron, ella de inmediato se agachó, evitando mi mirada.

Llegamos al lugar a donde tendría que dar un adiós definitivo. Era tan difícil bajarme de ese autobús sin que nadie me obligara. Fue difícil pararme y caminar hacia la salida voluntariamente.

Esperamos unos 10 o 15 minutos. Mi prima, mi tía y mi abuela estaban conmigo. Mi abuelo, aunque no estaba ahí conmigo, si me dijo unas palabras antes de que me fuera.

—Sabía que este momento algún día tenía que llegar, pero nunca pensé que fuera precisamente hoy.

Cuando él dijo estas palabras, en ningún momento me miro, solo miraba al frente y a los lados. Me dolió tanto porque teníamos planeado salir juntos al día siguiente. Solo le dije que me perdonara por no haber podido cumplirle. Él solo me respondió que no me preocupara, que no era importante.

El primo de mi mamá llegó. Después de un corto saludo él también me dijo que no me sintiera mal.

—No llores —me dijo, —vas a estar con tu mamá.

Yo solo me quedé callada, porque sabía que, si hablaba, no iba a decir cosas agradables.

Mis ojos estaban llenos de lágrimas, sentía un nudo en la garganta y un enorme deseo de gritar.

El momento de dar el adiós definitivo había llegado. Sentí como si estuviera viviendo una escena de una película o de una telenovela. Sentí como cuando estás agarrado de la mano de alguien y te obligan a soltarla. Ella se queda, tú te vas. Todo tiene un fondo gris, obscuro, todo en silencio y pasando lentamente.

Con cada paso que daba, miraba hacia atrás. Cada vez que miraba atrás, los veía más y más lejos de mí.

Crucé la calle principal y por primera vez, lo hacía sin ir agarrada de la mano de mi abuela o de la de mi prima. Era la primera vez que lo hacía sin ir hablando de la vida con mi prima. La primera y la última.

Mis lágrimas dejaron de caer. Levanté la mirada y seguí caminando.

El primo de mi madre y yo, tomamos un taxi, después del taxi, tomamos un autobús. El viaje en este autobús tomaría como 30 o 40 minutos, pero éste era solo el comienzo. Este era solo uno de los muchos autobuses que tendríamos que tomar.

Cuando me subí a ese autobús, parecía que por fuera estaba completa, aunque por dentro estaba hecha pedazos.

Mi corazón palpitaba, porque no le quedaba de otra.


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